Pregunta para afrontar en ayunas, con espejo a mano: al promedio de nuestra sociedad, ¿hasta qué punto le importa vivir en democracia?
¿Por qué la pregunta? Porque nos confiamos hasta el borde. El promedio de nuestra sociedad oscila entre la negligencia y la indiferencia. Que las Fuerzas Armadas estén desactivadas, no significa que otras fuerzas, las de las corporaciones, no estén muy armadas y muy dispuestas a crear condiciones de colapso. Al gobierno de Raúl Alfonsín, por ejemplo, lo acogotaron hasta la asfixia aquellas corporaciones que generaron el terrorismo financiero. Y no pudo completar su mandato. Para “renunciar” acuñó otro desgarrador verbo: “resignar”. Es evidente: el golpismo ya no necesita tanques en la calle, ni siquiera amedrentar con cañitas voladoras. Usa métodos menos sonoros y más efectivos, con la careta de la legalidad. Todo eso fogoneado con descaro alevoso por los elefantes medios de des-comunicación. A esto se suma el drenaje del coro invisible de los indiferentes. La indiferencia es el combustible de la antidemocracia, del golpismo que más que “ánimo” tiene “ganas”, hambre destituyente.
Los Golpes se suceden a lo largo del continente: en Honduras, en Bolivia, en Paraguay ahora. El presidente Lugo fue condenado a un juicio político sumario, ni dos horas para defenderse. Un tiempo como el que tendría cualquier automovilista que decide apelar una multa.
Sandra Russo, alguien que escribe y razona en noble castellano, dijo: “El éxito de los golpes de Estado es proporcional a la cantidad de gente a la que eso no lo le importa.” Flechazo certero. Mete el dedo en el mismo ojo de la llaga. Vale la pena revisar hasta qué punto nos preocupó como sociedad lo que le pasó al sufrido y violado Paraguay.
Por demasiada, la indiferencia es activa. Exquisitos periodistas estelares nos distrajeron con la discusión técnica de si fue o no Golpe de Estado. Obraron como aquellos que, para alivianar las culpas de cierto asesino, argumentaron que antes de disparar desinfectó la bala.
A la abundante indiferencia se sumó la obscena adhesión de los delfines de la autodenominada “nueva política”. Macri Junior dio asueto a las doce a los estatales para que asistieran a la plaza de Moyano (ese sujeto tan aborrecido por él y por la banda de la Rural, de pronto dejó de ser “un negro de mierda repleto de guita”. Mutó en alguien “bronceado por el sol”.
A propósito de Moyano y de democracia: qué lindo hubiera sido que en esa parte de su discurso en la que “garantizaba” que el gobierno de Cristina Fernández llegaría a su término constitucional, él le dedicara unos segundos a la volteada de Lugo, al pueblo paraguayo sometido por la des-comunicación de los grandes medios. Pero bue, el detalle de la caída democracia, al hombre se le pasó por alto, o por bajo.
Democracia. Paladeemos la palabra. Ya vamos para los 30 años continuados. Jamás, en esta patria espasmódica, la democracia duró tanto. Pero, ¿podemos quedarnos tranquilos? Ojo al piojo: recordemos a qué borde llegamos cuando la 125. Si la banda apologista de Martínez de Hoz hubiera perdido la votación, ¿qué hubiese pasado?
No podemos distraernos. Los que se cagan en la democracia, cuantitativamente son menos pero son más. ¿Por qué? Porque ellos jamás se distraen, no duermen, socaban hasta en las fiestas de guardar. Son menos pero no se dispersan. Y tienen continuidad. ¿Qué los une tanto? El Dios del bolsillo. Las famosas cacerolas, recordemos, sólo salieron a la calle tironeados por ese Dios. Debiéramos hacernos preguntas que nos saquen de la digestión como única actividad cívica. Por ejemplo: ¿Esta democracia tiene la edad que tiene? Decimos: es una democracia adolescente. ¿Basta con cumplir años para crecer? Decir que está en la adolescencia es un peligroso optimismo. Ni siquiera es un niño que ya camina. Nuestra democracia de casi tres décadas apenas si sostiene la cabeza, gatea.
Pero hay cosas saludables: son menos los criminales asesinadores que andan sueltos. Y son menos los seres arrancados desde la placenta que no conocen su identidad.
Pero, otra vez: Nuestra democracia, ¿está consolidada? Pienso que nunca dejó de estar en peligro y el peligro se consolidó durante la década del Menemsaqueo, cuando se rifatizó desde el ferrocarril hasta YPF, y se aniquiló la industria. Perdimos el equivalente de centenares de Malvinas.
Repregunta: ¿Por qué no deja de estar en peligro la democracia? Porque al fin del siglo 20 aquí ya había cuatro clases sociales: la alta, la media, la pobre y la inmensa de los desgajados. Pobres más desgajados superaban la mitad del país. Toda democracia se desarrolla mediante la conciencia cívica. Se había sembrado hambre, analfabetismo y analfabetización. Hambre más analfabetización, igual a desesperación. La desesperación es lo contrario de la conciencia. El hambriento analfabetizado no tiene posibilidad de conciencia porque carece de aliento para reflexionar. Y entonces le importa un carajo que haya democracia. Si algo remoto espera, es un redentor. A eso empujaba el tramposo “que se vayan todos”.
¿Por qué nuestra democracia gatea? Porque nació menos que sietemesina. Analicemos: La democracia, ¿es un fruto o una fruta? Un fruto es algo que se siembra, se consigue con fatiga y paciencia. Una fruta es algo que nos cae sobre la mollera. El fruto emerge desde abajo. La fruta viene de arriba. Recordemos: en 1983 la democracia nos cayó en la cabeza porque la dictadura militar exterminadora agotó colmos con la criminal des-guerra de Malvinas. La democracia nos llegó, pero quienes lucharon por ella –no nos engañemos–fueron muchos menos que los celebradores del obsceno Mundial del 78. Fue una fruta sobre la cabeza, no un fruto conseguido.
Otra pregunta: ¿Por qué le echamos la culpa de nuestras corrupciones? La democracia sólo nos espeja. No rompamos el precioso espejo. Besémoslo, con memoria.
Nuestra democracia no debiera depender de indiferentes, descomunicadores, Blumberg, histéricos golpes inflacionarios. Ella es un prodigioso insomnio. De día, despiertos. Y de noche, un ojo abierto y el otro también. Porque a los laureles de la democracia siempre los tenemos que conseguir.
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".