A Bradbury lo entrevisté un sábado del mayo de 1997, cuando vino a la Feria del Libro de Buenos Aires. Jugamos a lo largo de tres horas.
Lo supuse harto, pero se entregó enseguida a la charla. Le avisé que, mientras sucedía la entrevista, un boquetero cavaba un túnel por debajo del hotel. “¿Y dónde desemboca ese túnel?” me preguntaría Bradbury una y otra vez.
¿Cómo era el Bradbury de hace 15 años? Alguien que presentaba todos los síntomas de un hombre buenazo. Calculo que su mayor maldad debe haber consistido en tocar el timbre de una casa y en salir corriendo. Recupero momentos del capítulo que le dediqué en mi libro “Escritores descalzos”.
Ahí lo tengo, lo estoy viendo: es un grandulón, un oso con cara de criatura recién alzada de la cuna. Caminamos con Bradbury silenciados por las alfombras del hotel. Ahí va, él camina con entusiasmo matinal. Pero, ¿de dónde saca ese entusiasmo?
Me retraso un poco para mirarlo con impunidad. Me fijo en su espalda. Pienso que, sin dejar de ser humano, este hombre tiene su buen par de alas.
Me han contado que desde hace cinco días se viene poniendo el mismo traje blanco con finas rayitas azules. Sobre las solapas del traje veo dos, tres, cinco lamparones de grasa. Señales de adolescente que se tira la comida encima. Ray tiene la desprolijidad de los buenos.
Ya se ha sentado el grandulón de pelo blanco. Con temerosa humildad deposita sus manos sobre las rodillas. Aguarda mis preguntas. Saco de mi bolso un pequeño objeto, es un móvil de metal: sobre un eje oscila una barra: en un extremo una esfera y en el otro, haciendo crucial equilibrio, un hombrecito en bicicleta. Bradbury se deslumbra; alza las cejas y me pide permiso para tocarlo.
–¿Qué le sugiere?
–Alegría y circo... Yo podría ser ése que está trepado a la bicicleta. Durante años he andando en bicicleta, y ahora también lo hago, cuando estoy en mi casa. Uno, cuando pedalea no piensa que anda en bicicleta, anda. Es maravilloso. Debiéramos escribir como andamos en bicicleta, sin pensar que escribimos.
–Usted quiere decir que uno cuando escribe un poema o un cuento, escribe, y se da cuenta después.
–De eso se trata. Arte zen. No hay que detenerse, hay que dejarse ir, fundamental entregarse al primer impulso, no interrumpirlo poniéndose a pensar.
–Bradbury, quiero contarle que a este pequeño objeto pensaba regalárselo a Fellini.
–Claro, a Fellini ¡bicicleta y circo!... Y dígame, ¿por qué no se lo regaló?
–Porque Fellini se nos fue antes.
–Ay, Federico, mi hermano mellizo. Soy devoto de sus primeras películas, cuando respondía enteramente al niño que es. Después, bueno, demasiada escenografía… tal vez muchos amigos cínicos…
–¿Usted suele llorar en voz alta?
–Sí, ahora mismo puedo llorar también.
–Antes de seguir, quiero avisarle que mientras nosotros estamos conversando, hoy, hay un hombre, boquetero le llamamos, que está cavando un túnel que pasa por debajo de este hotel… Está en el último tramo.
–Ah, ¡qué bueno! ¿Y adónde va a parar ese túnel?
–No es para escapar de un presidio.
–Dígame más, quiero saber, ¿dónde desemboca?
–Después se lo diré
–¿Me lo dirá?
–En un rato se lo diré. Se lo juro.
–Ah ¡pero es que yo quiero saber ahora!
–Usted es muy curioso.
–Soy muy curioso, ¡porque quiero ir al cielo!
–¿Qué tiene que ver el cielo con la curiosidad?
–Mire, hay un mito entre los egipcios: dice que cuando uno muere, antes de que nos dejen entrar en el cielo hay que afrontar a un portero. Él te pregunta si fuiste una persona con entusiasmo. Si dices que no, no te deja entrar en el cielo. Entusiasmo y curiosidad son para mí la misma cosa.
–¿Y el optimismo?
–El optimismo es otra cosa... A mí, algunos, muchos, me acusan de optimista. Confunden mi entusiasmo con optimismo. Yo soy un entusiasta.
–¿Y si le pido un sinónimo de trabajo?
–Digo amor.
–Entonces trabaja enamoradamente.
–Cada día es único. Siempre me gusta contarlo: cada mañana, al bajar de la cama, para mí el mundo es como un campo minado. Doy uno, dos pasos y piso una mina y estallo en mil pedazos. El resto del día lo ocupo en recomponer los pedazos.
–¿Entiende el escribir como algo angustiante?
–Al contrario, como algo divertidísimo… Uno tiene que pisar cada mañana la mina, estallar y correr enseguida a la máquina de escribir. Aprendamos de las lagartijas.
–Un escritor, ¿qué debe aprender de una lagartija?
–La velocidad para correr hacia la máquina de escribir cuando viene la ocurrencia. La rapidez garantiza la verdad. No hay que demorarse, porque ahí nos ponemos a pensar, a ver cómo escribimos, a hacer esfuerzos por el estilo.
–Usted propone cazar la virginidad de la ocurrencia.
–Sí, cazar la verdad o un tigre, igual. Tenemos que saltar sobre la máquina de escribir, ¡escribir! Si yo no escribo, enveneno mi día y el de los demás... Pero déjeme preguntarle: ¿ese hombre que está cavando un túnel habrá llegado?, ¿a qué sitio quiere salir?
La conversación prosiguió, tejida por el sabio azar. Bradbury me contó del primer beso de mujer que recibió, de las cosas del amor que le enseñó una prima, incluso me dijo que recordaba el día de su nacimiento. También me dijo: “No creo en los ovnis, pero no dudo de que hay vida en otros planetas.” En cierto momento me confesó que el día más infeliz de su vida fue cuando tenía trece años, porque para la Navidad le regalaron calcetines, camisetas, sueter. Desde entonces no aceptó jamás ningún otro regalo que no fuese un juguete. Sobre el galopante suicidio del mundo, muy serio, me dijo: “Yo creo que nuestra creatividad superará a nuestra necedad, a nuestra innata violencia.”
En el último ratito de aquellas tres horas Bradbury me vuelve a preguntar: “Por favor, amigo, dígame a donde ha ido a parar el hombre del túnel.” Le digo: “A una juguetería”. Entonces salta de su asiento y me abraza:
–¡Gracias! ¡Qué fantástica maravilla! ¿Así que llegó a una juguetería? Qué bueno: tiene las horas de este sábado y tiene todas las horas del domingo ¡todas! Hasta el lunes por la mañana tiene para estar allí, completamente solo… ¡Qué felicidad! ¡Cómo envidio a ese hombre! Yo ahora soy muy muy muy feliz sabiendo que él es tan feliz.
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Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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