Rodolfo Braceli · Grandes entrevistas

"Somos un fraude, le tenemos miedo a la pasión"

Diario Jornada | Lunes, 18 de Junio de 2012 : 02:23

Sucedía el agosto de 1981, la Argentina todavía bajo la eternidad de la dictadura. Alfredo Alcón –por entonces 51 años–, el actor más amado por sus pares y por el público, fue internado, operado de un tumor. Se murmuró que tenía los días contados.

Pero esos días contados pasaron. Todavía convaleciente, Alcón me recibió en el hospital; conversamos largamente nada menos que de la vida y de la muerte. Y pronto llegamos a la conclusión de que estar enfermo, de vez en cuando es sano. Quince años después, en la platea vacía del teatro Payró, la conversación se reanudó. Alcón reveló sus recodos interiores, sus desastrosos comienzos actorales, sus pánicos; hasta dijo que su clave de aquellos años iniciáticos fue “dar lástima”.  


Penumbra en una habitación del Hospital Alemán de Buenos Aires. Alfredo Alcón en la cama, delgadísimo, sólo reconocible por el semblante de su prodigiosa voz. Viene de una operación limítrofe, de esas que desatan presagios comentados en voz baja. Pero Alcón, aunque ahora tenue, tiene hilo, tiene duende, la intensidad es con él.
La escena corresponde al año 1981; por entonces la dictadura empezaba a trisarse porque la economía se deshacía en manos de Alfredo Martínez de Hoz, su ideólogo civil. Asomaban algunos atrevimientos como los de la revista Humor. Luego de seis años de no poder escribir en los diarios y revistas de la Argentina, yo volvía a la revista Siete Días. Un modo de eludir la censura todavía imperante era, cada semana, adelantarse proponiendo uno el personaje. Elegí a Alfredo Alcón, por lo que Alcón significaba como actor emblemático y porque, por así decir, venía de los umbrales de la muerte.

1996
Más adelante compartiré lo que conversamos con aquel Alcón recién “resucitado” del ’81. Antes voy por otra entrevista que le hice quince años después. Ese Alcón, con 64 años de su edad, ya llevaba 45 desde que debutó sobre un escenario.
La charla sucede en otra penumbra, la sala del teatro Payró. Aquí Alcón dirige En la soledad de los campos de algodón, una inquietante obra protagonizada por Leonardo Sbaraglia y Horacio Roca. Alfredo, sobreponiéndose a una timidez que con los años no amaina, me pregunta:
–¿Por qué dos grabadores, Rodolfo?
–Un grabador es para registrar este reportaje y el otro para hacerte oír cosas que dijiste hace quince años, en 1981, cuando estabas con un pie en el cajón y no precisamente lustrándote los zapatos.
–Agosto de 1981, je, cuando me operaron de un tumor. Qué bueno.
–Pero antes hablemos un poco de tu última obra. ¿Cómo te animaste a escenificar un texto de semejante densidad?
–Me animé porque me fascinó. Las del autor, Bernard–Marie Koltés, son palabras profundas pero, como él dice, tienen movimiento. Cuando me dieron esta obra tuve ganas de actuarla yo, pero después pensé que Horacio Roca y Leo Sbaraglia la iban a hacer mejor, realmente. Leo es un pibe excepcional, pensemos que tiene 24 años. Roca, siendo muy distinto, es otro gran actor. Gran actor y gran persona. Yo me conformé con ayudarlos a transitar por la arquitectura de un laberinto prolijamente elaborado.
–Viendo esta obra, especie de monólogo resuelto entre dos, uno piensa que la sordera es una parte de la condición humana. Y se pregunta hasta qué punto los seres humanos estamos capacitados para escuchar al otro.
–La obra plantea la escandalosa distancia que hay entre un ser y otro ser.
–El miedo del otro. El miedo de los cuerpos.
–Eso es, el miedo de los cuerpos. Si alguien le pone una mano encima a otro, el otro se contrae. Oscuramente los cuerpos se tienen miedo.
–Cuesta aceptar que Alcón opte por dirigir y renuncie a la actuación. ¿No te vienen ganas de saltar al escenario?
–Ganas no me faltan, pero tuve que elegir. Como director ocurre que uno, por más que participe, calienta a otro para que finalmente haga el amor sobre el escenario. Uno hace todo, pero hasta cierto punto. No llega, digamos, a la consumación. Porque el cuerpo no está ahí arriba. En cambio los actores se calientan y consuman. Uno los ve al terminar cada función, transpirados, extenuados, pero alegres, con un cansancio feliz. A mí sólo me queda mirarlos. El director tiene el placer de ver. El actor tiene el placer total, el placer físico.
–¿Podrías definir la diferencia entre ser actor en el teatro y serlo en el cine?
–El teatro no tiene red. El teatro sería como una pasión. El cine sería como el álgebra de esa pasión. Finalmente, con pasión o con álgebra uno es un niño.
–¿Te gusta volver sobre los años de tu niñez?
–Casi no me hace falta. Como siempre soy un chico no añoro la niñez. Yo nunca he dejado de jugar.
–De jugar, pero con responsabilidad.
–Eso justamente es el teatro para mí: una responsabilidad y un juego. Un juego muy hondo. Los niños son el hombre. El teatro me permite seguir con los fantasmas del chico.
–Te quedaste mirando un punto del escenario. Todo es como un pozo negro, pero sonreís. ¿Razón de esa sonrisa?
–Nada del otro mundo: se me cruzaron algunas imágenes mías de 1981 cuando, como vos decís, estaba con un pie en el cajón.
–Raro que estar con un pie en el cajón te haga sonreír.
–Es que aquello me hizo tanto bien... Me acuerdo la primera vez que volví a verme en el espejo: yo era un esqueleto. Perdí muchas vergüenzas. Me hizo bien depender de otros hasta para cosas elementales como hacer pis. Todo aquello me hizo aprender, dar un salto que no sé cuánto tiempo hubiera tardado en dar.
–A eso lo llaman nacer de nuevo.
–En realidad, cada vez que uno abre el ojo por la mañana, por lo menos debiera sentir que renace. Si uno pudiera jugar con eso, la vida sería un hecho creador y no una repetición. La cuestión es seguir soñando, ¡pero soñando!
–Alfredo, te pusiste de pie para decir que hay que soñar.
–Dicen que soñar es una descarga necesaria cuando uno duerme. Dicen que si a un tipo no lo dejan soñar cuando duerme, se vuelve loco. Podríamos agregar que, aún despierto, si no te dejan soñar te volvés loco.
–Últimamente esto de soñar está bastante menospreciado.
–Sí, nos quieren hacer creer que es una tontería.
–Todo el tiempo, en este fin de siglo, se habla, hasta con fruición, de la pérdida de las utopías.
–Así se genera, se siembra confusión. A un tipo que trabaja dieciséis horas por día, ¿cómo le vamos a pedir que tenga utopías? Un taxista hace un rato me decía: “Yo adoro, yo quiero a mis hijos, pero cuando a la noche llego a mi casa los odio, porque se me suben encima para jugar y yo no doy más, sólo quiero derrumbarme y dormir un millón de años. Cada vez más seguido siento que soy un gran hijo de puta, que ya no quiero más a mis hijos”. Este tachero no ha perdido ni su amor, ni la necesidad de utopía: pasa que está deshecho de cansancio... Yo creo que la primera vez que el hombre se puso a hacer algo que no era útil, digamos, algo como los dibujos en las cuevas de Altamira, eso lo hacía porque había comido bien y tenía tiempo. Hoy existen millones que, o son desocupados, o trabajan muchas más horas que las que el cuerpo tolera. A esos millones se los llena de expectativas y se los vacía de esperanza.
–Además, Alfredo, en esta década final del siglo, tan cargada de expectativas y tan vacía de esperanzas, la frivolidad flamea en su apogeo. Por otra parte, los cuerpos parecen estar más solos: hacen ruido pero no se comunican.
–En la medida en que uno se esté alejando de su propio sonido interior, lo único que hace es ruido. Cuando eso nos pasa, parece que estás diciendo algo y resulta que sos casi un desconocido no sólo para el otro que tenés enfrente sino para vos mismo. Nos quedamos hablando, haciendo ruidos, entre paredes. Yo, en mi celda. Vos, en tu celda. Por eso tiene razón de ser el arte. La poesía nos expresa, descifra y redime nuestros ruidos.
–Volvamos a tu vida de actor. Dicen por ahí que Juan Carlos Thorry fue tu primer director. ¿Es cierto?
–Cierto. Fue con una obra de Jean Anouil y la compañía de Analía Gadé. Años después, Thorry me confesó que todos los días le decía a Analía: “Andá, pedíle al pibe que no venga más”. El pibe era yo. Mi timidez estropeaba todo. Cada día iba a ser el último, el peor, pero yo iba tan ganoso y era tan flaquito, que me aguantaban un día más. Así hasta que llegué al estreno. En fin, llegué por… por…
–¿Por?
–Por lástima. Tuve gente buena que me quiso mucho y se apiadó de mí. Por ejemplo, mi representante, Rodolfo Goycochea, uno de esos angelitos que te aparecen en la vida... Muchas veces yo quería hacer determinados trabajos y Goycochea me decía: “No, eso no es para usted”. “Pero yo quiero trabajar.” “No. Espere. ¿Cuánto dinero necesita?”. Y me bancaba. Un angelito Goycochea que sigue siendo parte de mi conciencia. Me alumbra su recuerdo.
–¿Tenés memoria de la primera vez que subiste al escenario con público?
–Quisiera olvidarlo, no he podido… Dios mío, no he podido.
–¿Se puede saber qué te pasó en ese debut?
–Pasó lo peor que me podía pasar… Yo estaba en Las dos carátulas, de Radio Nacional. En el Cervantes hicimos una muestra, presentamos La importancia de llamarse Ernesto. Tenía un monólogo con Violeta Antier. Después entraba Eva Vallejo. Empecé mi texto y a los segundos alguien gritó: “¡Más fuerte!”. Yo no resistí eso. Sólo le dije a Violeta “adiós, señorita”, y huí, huí del escenario. Eva Vallejo tuvo que entrar de apuro. Me dijo: “Mocoso de mierda ¡no te lo voy a perdonar nunca!”. Así fue mi debut. Yo huí. Me estaban pidiendo algo imposible, que hablara más alto. Qué vergüenza. Me pedían que bajara del cielo la luna.
–Accidentes del debut.
–No creas; dos por tres alguien grita “más fuerte”, porque los teatros suelen tener pozos acústicos. Cuando escucho eso, me dan muchas, muchas ganas de correr.
–Tu decisión de ser actor para siempre, ¿cuándo fue?
–No lo sé con precisión. Lo primero fueron las sábanas, en la azotea de mi casa a la hora de la siesta. Entonces no me gustaba que nadie me viera. Ahora si no hay nadie para verme, me muero. Yo creo que uno no sabe nada sobre el origen de las cosas esenciales que hace en la vida. Sabe de las pavadas, pero no de lo esencial.
–Aparte de actuar, ¿hiciste alguna otra cosa?
–Poco y nada. Fui uno de los peores alumnos que hayan pasado por el colegio industrial. Todos los trabajos prácticos me los hacía mi abuelo. Yo no sabré nunca hacer un banquito de madera. Y me parece un genio el que lo puede hacer. Un poeta a su modo. El caso es que estaba en la escuela industrial y un día vi un aviso sobre una escuela donde se aprende eso, a ser actor. Fui a la Escuela Nacional de Arte Dramático, me presenté a la prueba, y cuando llegó el momento de decir mi texto me olvidé de todo. De todo. Pero me tomaron. Un misterio. Pasado el tiempo, en el Conservatorio estaba como estancado. Un día le pedí alguna escena para hacer a Cunill Cabenellas y me dijo: “Yo a ti qué te puedo traer... los diálogos de Platón. Porque entender, entiendes; ahora expresar ¡nada!”.
–Pero el caso es que tu carrera se encauzó.
–Se encauzó a pesar de todo. Un día Cibrián me llamó para darme un papel en televisión. Cuando vino a buscarme a la radio, yo, aterrorizado, corrí y me escondí detrás de un piano.
–¿Y?
–Y no hubo caso, yo ni para esconderme servía. Cibrián me encontró y me llevó a ensayar y debuté en televisión. Me fui arrimando muy de a poco... Un día Ernesto Bianco y Cunill discutieron fuerte porque Bianco ensayaba con las manos en los bolsillos. Que te quitas las manos. Que no me las quito. Que te vas. Que me voy. Y Bianco se fue. Y Cunill le gritó: “Pero qué te crees, si tu papel lo puede hacer cualquiera ¡hasta ése!”. Y me señaló. Y otra vez actué sin querer.
–¿Y cómo habrá sido tu ingreso al cine?
–También mi debut para el cine fue por el estilo. Yo estaba mirando una filmación a través de una ventanita… De pronto un tipo, otro ángel, me dijo: “¿Vos sos de aquí, pibe?”. “Sí, soy, pero yo me tengo que ir eh” “Pero pará pará, pibe...” Y me llevó casi a la rastra a que me hicieran un plano. Y me agarraron.
–¿Y la vocación actoral?
–No sé si la tenía. Pero en tal caso estaba tan oculta que yo ni me enteraba. Aún hoy, cuando llego al teatro y miro el cartel que dice Alfredo Alcón, me digo: Pero soy yo, ése soy yo. Y me pusieron en el cartel y todo... Mientras te estoy confesando esto siento que no me lo va a creer nadie, pero es tal cual lo cuento. Tengo la sensación, tengo la certeza en realidad, de que me han ayudado mucho, muchísimo. Me han hecho creer en mí los demás.
–Querés decir que te inventaron los demás.
–Yo creo que sí. Más, estoy seguro que sí. Cuando Leopoldo Torres Nilsson me llamó para hacer Un guapo del 900, yo dije: Este hombre desvaría, este hombre está loco. Yo por entonces tenía otra propuesta para hacer de cura en una película. Mi mamá tampoco creyó en lo de Un guapo del 900 y me dijo: “No nene, hacé de cura”.
–¿Y cuál vendría a ser tu secreto, Alfredo? Los ángeles no son pelotudos, si se te acercan una y otra vez será por algo.
–No lo conozco a mi secreto. Tal vez… tal vez…
–Soltá tu tal vez.
–Tal vez sea que yo siempre me la pasé dando lástima.
–¿Alguna vez te preguntaron en el Conservatorio para qué creés que sirve ser actor?
–Nunca. Para ser actor hay muchas razones. Por un lado están los placeres solitarios de jugar con tus fantasmas. Uno puede ser rey o enamorado o asesino. Puede vivir otras vidas. Es un placer. Pero hay además como una ambición, como una necesidad de que eso que uno hace le sirva a uno mismo y a los demás.
–Estás hablando del arte por el arte y del arte por los demás.
–Es lo que dice Eduardo Galeano sobre lo que es el arte. Cuenta la historia de un chico que no conocía el mar y le pide al padre que lo lleve a ver el mar. Y el padre lo lleva. Y el chico, al ver toda esa inmensidad líquida, tan prodigiosa, tan renovada de movimientos y colores, le dice al padre: “Papá, ahora ayudáme a mirar”. Bueno, esa es la cuestión: los actores deberíamos ayudarnos y ayudar a los demás a mirar. No a mirar al actor porque es más o menos bueno, sino a mirar profundamente ese pensamiento de un poeta autor que es el que alimenta el movimiento del actor... Quiero decir que si uno tiene buena letra pero escribe tonterías, esa letra no sirve para nada. La cosa es que eso sirva para algo más. La letra. O la actuación.
–¿Y el actuar como oficio?
–Si el actor actúa solamente por el placer de jugar con fantasmas, sirve también. Pero esto puede convertirse en un oficio horroroso, muy triste, alimentador de la mediocridad. De la mediocridad de uno mismo y de los demás.
–¿Qué te sugiere la palabra dignidad?
–Habría que ver la dignidad en quién. Pasa como con el asunto de la utopía. En algunos casos es muy difícil ser digno cuando no se tiene un centavo en el bolsillo. Uno es digno en la medida en que puede elegir su vida. Y para elegir hay que haber comido, poder comer, saber leer, tener techo y abrigo.
–Más allá de los que están tomados por la desesperación del pan de cada día y de cada noche, observando a los bien comidos y alfabetizados ¿la dignidad es una virtud reconocible en nuestro tiempo?
–Sin duda. Yo me alimento de mucha gente que tiene la luz de la dignidad. Por mucho tiempo trabajé en el teatro Andamio. Allí conocí chicos y chicas que a la mañana trabajan de otra cosa, que a la tarde toman clases de teatro y que a la noche son acomodadores del teatro. Estos chicos acomodan a la gente como si estuvieran haciendo Shakespeare. Jovencitos que no están obnubilados por el ruido con el que tratan de distraerlos. Esos chicos, y tipos como Miguel Ángel Solá, significan que la dignidad todavía palpita.
–Digamos que son los que postergan el fin del mundo.
–Postergan el fin del mundo, seguro, y desmienten esa infamia del fin de la historia. Mentiras mentiras ¡mentiras!
((Otra vez Alcón de pie. Hay furia en su elogio de la dignidad. Y sigue en su impulso:))
–¡Infames mentiras eso del fin de la historia! Montones de gente hay, pero montones, que se levantan cada mañana y aunque no les alcanza la guita, salen a la calle con la cabeza alta y los sueños bien altos también. Tengo pruebas de que lo del fin de la historia es mentira. Datos de la realidad. Repito y con alegría: vayan a ver a los chicos acomodadores del teatro. Quien afirma el fin de la historia busca hacer bajar los brazos, pretende voltear los corazones. Quien afirma eso es un hijo de puta.
(( Después de la nítida puteada, baja un silencio que dura la eternidad de varios segundos. Hasta que él mira en dirección a mi grabador apagado. Y le digo:))
–Alfredo, ¿tenés ganas de escuchar algo de lo que conversamos hace quince años en el hospital?
–Claro que sí. Soy curioso. Qué te habré dicho estando tan flaquito… Dale, Rodolfo, soltá el grabador.

1981
(( –Recordá bien, Alfredo, estábamos en el agosto de 1981, en la penumbra de una pieza de hospital. Atrás había quedado tu terapia intensiva. La muerte no se salió con la suya. Fijáte, por aquel entonces yo no te tuteaba. Ahora escuchémonos:))

–Me impresiona su...
–Sí sí, perdí muchos kilos; aparte del peso del tumor que me sacaron.
–No, no es eso, Alcón, lo que me impresiona es la cara de confianza, de hombre bueno que le ha quedado.
–Cuando uno está grave necesita confiar en los demás. Lo mismo debería ser cuando uno está sano, porque un sano que no confía, está enfermo.
–De acuerdo a esto, los enfermos son los que gozan de buena salud.
–Así es. Ahora aprendí cosas mínimas, pero esenciales…
–¿Como cuáles?
–Como que el sentirse frágil no te hace ser frágil. Los sólidos se resquebrajan fácilmente. Una operación puede servir para sacarnos un enorme tumor y también para redescubrir algo que siempre olvidamos: nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad.
–La moraleja se cae por madura: de vez en cuando estar enfermo es sano.
–Muy sano.
–Y con su majestad, la muerte, ¿qué pasa en estos graves trances de quirófano?
–Hay muchas clases de muerte... Está la muerte de Milagros de la Vega, que fue esperada en paz, con sosiego… Está la muerte de los que no hicieron lo que querían ni lo que debían... Está la muerte de los desaparecidos.
–Pero mi pregunta iba a lo siguiente: ¿este trance modificó su manera de considerar la muerte?
–Para nada. Sigo pensando, sintiendo, que la muerte es algo que nos ayuda a vivir. Quienes la ocultan o la soslayan no aman la vida. La muerte, al tiempo de vida de un hombre, le da sabor, le da intensidad, le da destino... Ahora, antes de seguir, yo desearía preguntarte algo a vos: ¿qué te hice para que me tratés así, de usted? 
–Será porque no me animo a tutear a los seres que vienen de la crucial anestesia. Alfredo, sigamos: por poco recién dijiste: qué sería de la vida ¡sin la muerte!
–Eso, ¡qué sería de la vida sin la muerte! Sólo por la certeza de la muerte podemos paladear el milagro de estar vivos. Porque cada minuto, cada instante de cada minuto, estamos vivos por milagro.
–Sobre todo considerando que estamos en la Argentina. Sigamos: desde esta agudización de la conciencia, ¿has vuelto a tu niñez?
–Depende de los días. Hay días que tengo cinco años, hay días que tengo diez.
–¿Cómo era Alfredo Alcón cuando cronológicamente tenía edad de chico?
–Fui de dos maneras, pero algo me cambió...
–¿Qué fue lo que te cambió?
–Mi padre murió a los 33 años... Era alto, muy alto y muy delgado. Lo tuve poco, pero lo recuerdo sobre todo cuando para castigarme no me pegaba, me ponía de cara a la pared. Yo era muy extravertido y hasta agresivo. Pero con la muerte de mi padre esa forma de ser mía cambió totalmente… Fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos. Aunque allí tenía afecto, cuidados materiales, yo sentía que esa no era mi casa. Que aquello no era lo mío. Desde entonces me volví más callado, más quieto, más reflexivo, un niño de juegos solitarios. Con frecuencia me disfrazaba con sábanas; me disfrazaba para mí, no para los demás.
–Sábanas, ¿qué significarían aquellas sábanas?
–Tal vez esas sábanas eran como una manera de escapar... Pero en realidad no era así: ahora sé que todo lo que uno hace es para encontrar, aunque escape.
–El episodio de la operación y demás, ¿también lo viviste con aquellas ganas infantiles de escaparte?
–Lo viví sin literatura, como una cosa animal. A ratos rezaba.
–No te imaginaba rezando.
–Rezar puede ser algo muy irracional.
–¿El rezar es algo tuyo solo de estos días?
–No, suelo rezar por ejemplo antes de subir al escenario.
–¿Por qué, para qué rezás? ¿Tal vez por miedo, tal vez por interés, como casi todos…?
–Cuando uno está diciendo un gran texto, la idea, la necesidad que uno tiene de Dios ayuda a crecer, a agrandarse. Entonces, rezando siento que estoy más próximo a merecer el texto.
–En cuanto a tu idea de lo que pasa con los humanos después de la vida, ¿ha habido ahora alguna modificación?
–No, en esto sigo igual. No puedo imaginarme la nada. Lo que uno quisiera dista tal vez mucho de ser lo que pasa. Apenas puedo decir lo que yo quisiera que pasara con nosotros después de la muerte.
–¿Qué quisieras que pase?
–Después de este tránsito quisiera ser un individuo, pero permaneciendo parte de un todo. Quisiera no estar más aislado por el límite que nos impone el cuerpo. Quisiera ser un alma, pero un alma que se caliente y se apasione, desatada de los límites que tenemos aquí. Quisiera ser “uno”, pero en un gran “todo”. Eso en la Tierra sólo lo atisbamos cuando participamos del impulso de una gran ideología, o cuando estamos asistidos por el amor.
–¿En el Alcón de los 70 ú 80 años de edad has pensado?
–Cuando uno piensa en uno mismo visto en el futuro, está condicionado por el hoy. Es una visión falsa. Mañana ya no soy el mismo, gracias a Dios. Yo pienso poco en el mañana, no hago proyectos lejanos. Trato de vivir el momento como un rato, lo más parecido a una creación... Trato, lo más posible, de hacerle caso a cierto cuento que me contaron en Japón. Si no estás apurado, te lo cuento.
–No tengo ningún apuro.
–Se trata de un hombre que iba caminando por un desierto. De repente aparece y empieza a correrlo un animal feroz y hambriento. El hombre saca fuerzas de donde no tiene, corre y corre, y el animal cada vez más cerca. Pero sigue corriendo el hombre, hasta que llega al borde de un precipicio. Allí se frena exhausto: no encuentra salvación posible: detrás, el animal hambriento; delante, el abismo... Animal feroz y abismo, abismo y animal feroz... Está completa y definitivamente perdido... Respira hondo, siente, se da cuenta que lo está haciendo por última vez... En ese instante una liana cae en sus manos. ¡Es el milagro, la salvación! Se desliza hacia abajo por la liana. Arriba, en el borde, queda el feroz y hambriento animal que lo perseguía. Sigue descendiendo. Al mirar hacia abajo ve que en el otro extremo de la liana está esperando, amenazante, feroz, hambriento, otro animal terrible. Se detiene el hombre. No desciende más. Se queda allí, suspendido, aferrado a la liana, mirando al animal de arriba y al animal de abajo... En eso está cuando sus ojos se posan en la liana: apenas más arriba de sus dedos, advierte que unos pequeños bichitos se la están comiendo lenta pero tenazmente. Comprende que en unos minutos más terminarán su faena y la liana se cortará y... en ese momento una rama con enormes ciruelos se le aparece delante... Si no estás apurado, Rodolfo, te sigo contando.
–No tengo nada que hacer hasta el siglo 21. Seguí Alfredo.
–Al ver la rama el hombre se olvida del animal feroz de arriba y del animal feroz de abajo y se olvida también de los bichitos que se están comiendo la liana. Se olvida de todo eso y empieza a comerse las ciruelas, despaciosamente, desfrutándolas, paladeándolas. Bueno, de esto se trata, de comernos las ciruelas ahora.
–A esto, Alfredo, se le llama saber vivir.
–Sí, a esto: a vivir intensamente este minuto que por milagro tenemos a nuestra disposición. Pero desgraciadamente no sabemos vivir apasionadamente. De las cosas más hermosas se hacen afiches. ¿Quién era Cristo? Un apasionado, un loco, un ser con destino. A Cristo todo el mundo lo nombra, lo pone como adorno en las paredes, pero ignorando su apasionada locura. Estamos en un mundo al que le falta locura.
–Sin embargo todo el tiempo se dice que el mundo está loco.
–La locura que hay es la mala locura, la asesina. Todo es chiquito.
–¿Y adónde crees que va a parar esta humanidad poseída por la mala locura?
–No tengo derecho a caer en el pecado de la desesperanza. Ni a tenerla ni a decirla. Estamos angustiados y vemos oscuro el futuro del hombre tal vez porque vemos con ojos de poco tiempo. Hay como una deleitación en hablar de lo malo. Lo otro no es noticia. Si esta noche naciera un Cristo, un Cristo igual a Cristo, ¿quién se enteraría? ¡Nadie! Porque lo esencial de Cristo no es noticia.
–¿Querés decir que navegamos entre la hipocresía y el miedo?
–Sí. Somos un fraude, un fiasco permanente. Le tenemos un gran miedo a la pasión, a la aventura verdadera. Vivimos como a medio motor. Elegimos una parte de nosotros, la que más nos conviene y en adelante nos dedicamos a pasarla bien, disfrazando el aburrimiento, buscando en otras vidas lo que nuestra vida no tiene por falta de coraje. Por eso el auge de Carolina de Mónaco o figuras así. Nuestra falta de pasión es tan grande como el aburrimiento. Y como la hipocresía. Porque el aburrido es hipócrita. El aburrido espía, es envidioso, juzga con mala leche.
–¿El estado de niñez podría revertir esa forma de vivir desapasionada, hipócrita y sin aventura, tan generalizada?
–Sin duda. Los niños jamás se aburren.
–¿Qué hacer, cómo hacer para vadear a quienes tan eficazmente trabajan para desactivar los sueños, la esperanza, la locura apasionada?
–Tengo mi fórmula para eso.
–¿Podrías revelarla, para compartirla?
–Lo que yo hago con frecuencia, toda vez que puedo, es recordar el caso de Sísifo... Sísifo era un tipo al que los dioses lo habían condenado a llevar una enorme piedra a lo más alto de una montaña. Y la piedra caía una y otra vez, y él tenía que volver a llevarla, pesadísima, hasta arriba. Pero volvía a caer la piedra. Así por toda la eternidad. Así, hasta que un día Sísifo se preguntó: “¿Cómo puedo hacer para jorobar a los dioses, para ganar yo?” Y entonces Sísifo se inventó la alegría. Sabiendo que la piedra se iba a caer antes de llegar a la cumbre, lo hacía con alegría. Al verlo alegre, se jodieron los dioses, empalidecieron...
–Me pareció hace un momento que te quedaste con ganas de contar más de tu niñez. Te propongo recuperar, ahora, algunos esos momentos especialmente intensos.
–Cuánto te agradezco la pregunta… Elijo dos momentos de cuando yo tendría tres o cuatro años. Uno fue con mi madre, el otro con mi padre. ¿Con cuál empiezo?
–Empezá con el de tu madre.
–Bueno, con el de mi madre… Ella tenía en mi casa una estampita, con una vela adelante, casi siempre encendida. Un día sentí la necesidad de que pasara algo, algo raro, algo diferente. Entonces saqué la estampita del lugar, la rompí en mil pedacitos, fui al patio donde mi madre estaba tejiendo, le tiré los papelitos. A los papelitos se los llevó el viento. Pero no pasó nada, nada...
–Falta que contés el recuerdo referido a tu padre.
–Lo que recuerdo con mi padre sucedió una noche de pleno verano. La luna estaba muy cerca, muy tocable. De repente le pedí a mi padre que me diera la luna…
–¿Que te diera la luna cómo?
–Sí, que me la bajara. Él no se amilanó: fue al fondo de mi casa, volvió con una alta escalera, la abrió, se subió, y una vez arriba extendió sus brazos, sus manos. Exageró, hizo unos cuántos ademanes tratando de alcanzarla y después bajó…
–Se bajó… ¿y?
–Se bajó, Dios mío, pero sin la luna. Sentí una gran frustración, como con los papelitos.
–Quiero decírtelo, Alfredo, me llama la atención que estando tan pero tan flaco, tengas tanta mirada en la mirada.
–Será que estoy emocionado con todo lo que sucede... Tomá, Rodolfo, ¿no querés probar una ciruela?
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Próxima entrega:
León Gieco
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Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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