Es evidente: a los elefantes medios de descomunicación las buenas noticias le rompen el hígado y otros artefactos. Pasó hace poco con la recuperación de YPF.
Asimismo, cuando surge una mala noticia (como podría ser la caída de las exportaciones después de 30 meses de sostenido crecimiento) no sólo informan, como corresponde, además lo hacen con euforia, relamiéndose. Pero no nos distraigamos con esto de la mala leche: vayamos a otra muy buena noticia. Se reabrió El Picadero. Vale la pena, vale la alegría remontarse a su historia. Recupero conceptos transitados en esta columna.
Perdimos aquella guerra de Malvinas que nació desguerra. Mal parida, antes de empezar la perdimos. Pero ganamos una singular batalla de resistencia cultural.
Pienso que la democracia fue luchada por muy pocos y que nos cayó en la mollera cuando los militares se desmoronaron como inmediata consecuencia del sangriento fracaso en Malvinas. El patético desastre en el sur aceleró el retorno a la democracia. Pero, aparte de eso, hubo episodios, contagiosos, que estimularon esa apertura. Uno de ellos fue Teatro Abierto. Hacia 1982 el miedo estaba en nosotros, pero también aleteaba cierta fruncida esperanza de pulso tenue. Era costumbre convivir con el espanto.
Teatro Abierto, ¿cómo brotó? Así me lo contó Osvaldo Dragún en 1981: “Estábamos en un bar, sentíamos que había que hacer algo y lo decidimos con Tito Cossa y Carlos Somigliana, así, espontáneamente, en un momento de tanta cerrazón ideológica. Hablamos con Antonio Mónaco y con Guadalupe Noble y vino la respuesta: el Picadero iba a ser para Teatro Abierto. Acordamos reunir 21 autores con 21 directores. Pensamos que muchos no iban a aceptar porque lo que se proponía era trabajar sin cobrar. Éramos unos doscientos en la anarquía total. Nunca vi funcionar tan bien a una anarquía. Nadie dirigía al monstruo. El caso es que la democracia de los iguales funciona muy bien; lo que funciona mal es la democracia de los desiguales”.
Teatro Abierto arrancó en la flamante sala de El Picadero. Se pensó llegar a los 6 mil espectadores. De pronto, en la madrugada del 6 de agosto del 81, un incendio intencional quiso terminar con el milagro. Adiós Picadero. Pero resulta que el Tabarís y 17 salas ofrecieron sus espacios. Y el ciclo continuó y reunió pocos días más de 25 mil espectadores.
Voy por fragmentos de un texto que escribí en el 81 en la revista Siete Días. Yo venía de seis años sin poder hacer periodismo en la Argentina; estaba exiliado pero adentro. Escribí –lo confieso– con el corazón (y algo más) en la garganta. No había heroísmo en lo mío, pero algo en el aire nos empujaba, por fin, hacia la imprescindible imprudencia. Empezábamos a salir del limbo del infierno. Aquella columna candorosa la titulé: “No hay incendio que por bien no venga”. Aquí van algunos de sus temblorosos párrafos:
“No hay mal que por bien no venga. No hay incendio, de teatro, que por bien no venga. Sobre todo con el frío que hace (...) De la noche a la mañana, se prendió fuego El Picadero, mientras no muy lejos actuaba el gran Frank Sinatra, traído por Palito Ortega. Por estos días, otro teatro ardió en Tucumán. Qué casualidad contagiosa. El raro azar del fuego tiene debilidad por los teatros.
”Con lo del Picadero empezamos a darnos cuenta. El posible éxodo de Dieguito Maradona nos quitó el sueño y se convirtió en tema nacional excluyente. Mientras tanto, el éxodo de centenares de profesionales, científicos y artistas (tan esenciales como Maradona) se nos pasa por alto, o por bajo.
“Sobrevivimos haciéndonos gárgaras con las paradojas: mientras por un costado acusamos un 50 por ciento de deserción escolar, por otros costados asistimos lo más campantes al éxodo de los más creativos: uno de cada tres argentinos que nace se va, se vuelve extranjero.
“A cada tanto convocamos a algún pensador tipo Julián Marías para que nos dé un diagnóstico. Pero no habrá diagnóstico que valga mientras sigamos descerebrándonos o por el analfabetismo disimulado o por el éxodo. (…)
“Detalle: a don Sinatra se lo custodió con 80 hombres; al Picadero, donde cientos de actores, autores y directores conseguían cada noche revertir la chatura, no se lo protegió con nada. Las llamas cumplieron su cometido.
“Pero esto no es novedad: varias pinturas que representaron a la Argentina en París se pudrieron en un galpón de la aduana de Ezeiza: no pudieron retirarse. Muy eficaz, la burocracia.
“No nos demos el lujo del desánimo. No hay incendio de teatro que por bien no venga. El Picadero fue incendiado pero las llamas no pudieron apagar la llamita pasional de ese encuentro teatral más difícil que un milagro. Y hoy, eso que llamamos la gente, hace largas colas frente al Tabarís.
Posdata
Pasaron 30 años desde que, en plena dictadura, un Teatro incendiado dio lugar a una cadena de teatros que multiplicaron ese milagro que no cayó del cielo. En nuestro siglo pasado difícil encontrar un episodio cultural como la gesta del Teatro Abierto. La dictadura por entonces ni pensaba en la salida democrática. (La salida vino gracias a la desgracia de la desguerra de Malvinas.)
Recuerdo el final de aquel Teatro Abierto: Alcón le puso respiración a un poema de González Tuñón y el escenario se llenó de artistas y laburantes. El público aplaudía con furia. De pronto, gritos inquietantes de la calle. Las voces se corporizaron en cientos de personas que no consiguieron entradas y esperaron más de tres horas. Decidieron ingresar como aluvión, rebasaron los pasillos para sumarse al aplauso final. Todos nos aplaudíamos. Los que colmaban el escenario y la platea y los incontenibles que venían de la vereda.
La dictadura empezaba a trisarse. Estábamos haciéndole una cesárea a la más atroz de las pesadillas, para sacarle una aurora. Una cesárea desde adentro.
Qué poco aprendimos de aquel Teatro Abierto. Preguntas: ¿Por qué nosotros, los supuestamente “progresistas”, los no fascistas, sólo nos juntamos cuando el incendio ya prendió? ¿Por qué siempre somos comentaristas tardíos de demencias consumadas? ¿Por qué persistimos en nuestra vocación de ser archipiélagos, dispersos fragmentos necios y vanidosos? Ser esquirlas de un conato de sueño no es un buen destino. Debiéramos juntarnos mucho más. La pulseada continúa, y es brava. La reapertura del Picadero es tan significativa buena noticia como la recuperación de YPF.
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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