Rodolfo Braceli ·

¡Fuego, fuego en YPF!

Diario Jornada | Martes, 22 de Mayo de 2012 : 00:34

La historia que voy a contar ahora la escribí hace una punta de años. Pero la contaré de nuevo en estos tiempos, diferentes, en los que el Estado recupera el derecho y la responsabilidad del subsuelo petrolífero.

Tiempos, además, en los que los tribunales de la Justicia por fin alcanza a aquellos que a partir de 1976 violaron las vidas y violaron las muertes y, además, afanaron criaturas de cuajo, desde la placenta.
Es sano hacer memoria para semillar futuro. Hubo tiempos, en esta patria idolatrada, allá por el 76, en que ser fichado era algo casi inevitable si alguien cometía la imprudencia de ser actor, escritor, intelectual, gremialista, político. Usar anteojos, tener muchos libros en casa resultaba demasiado peligroso. Con el corazón en la boca vivíamos. Por aquello del “en algo andarán”. La sospecha de ser sospechados, la sombra de estar “fichados” no nos abandonaba. Habitábamos en el limbo del infierno.
Demos un salto de casi 28 años. Sucede el viernes 28 de setiembre de 1984. Casi un año desde que atisba la democracia en la Argentina. Jacobo Timerman –por entonces director de La Razón matutina– me encarga la crónica de un hecho que, me dice, “será chiquito pero pasará a la historia”. Resulta que el ex coronel Juan Jaime Sesio (militar democrático si los hubo, y por eso expulsado durante la dictadura), al hacerse cargo de la gerencia de seguridad de YPF se encontró con un “archivo ideológico” que abarcaba desde dirigentes gremiales de las tres ramas, pasando por personajes como Pérez Ezquivel, hasta directivos e integrantes de la Asociación Argentina de Música de Cámara y la Asociación Amigos de la Unesco. Así es: YPF anidaba desde 1976 una pequeña, asquerosa, Central de Inteligencia.
Pregunta: ¿cómo es posible que los funcionarios de YPF del llamado Proceso Militar no se llevaran ese archivo?
Repuesta: “Aunque el archivo pesaba demasiado, no fue por el peso o la incomodidad que no se lo llevaron. Lo dejaron porque para ellos fichar a las personas era un trabajo normal, cotidiano…”
Aquel 28 de setiembre, como periodista, registré esto: a las diez menos cuarto de la mañana una Rastrojera parte desde el edificio de YPF en la Capital Federal, Diagonal Norte al 700. La camioneta va sobrecargada, lleva parvas de fichas y carpetas. A las diez y diez, en un patio rodeado de galpones, en Puerto Nuevo, detrás de la Casa de la Moneda, dos hombres de mameluco azul apartan cuatros grandes tanques de doscientos litros, vacíos, y con un soplete empiezan a hacerles agujeros de unos diez centímetros cerca de la base. A cada tanque le harán alrededor de siete boquetes, “para que el fuego respire”. Justamente cuando están terminando esta tarea, llega la rastrojera jadeante, con la suspensión trasera vencida por el exceso de peso. De espionaje. Cuánto pesan las fichas con los datos de cientos, de miles de personas en estado de sospecha.
A las dos menos cuarto de la tarde se suman más autos, varios periodistas, un par de escribanos. La camioneta es colocada de culata a unos diez metros de los tanques. Veinte metros más allá otros hombres de mameluco azul aprontan varios bidones cargados con kerosene. Todo listo para la quema. Se va a producir un incendio ejemplar. El cielo está despejado. Alrededor del operativo, en semicírculo, ya se han reunido unas doscientas personas, la mayoría operarios de YPF. Un empleado de corbata explica el contenido de esos archivos siniestros. A los dos y veinte de la tarde dirigentes de las tres corrientes del SUPE empiezan a arrojar a los tanques las primeras carpetas destinadas a la clasificación y el rastreo ideológico de ciudadanos. El fuego ya asoma. Jorge José Giacobbe entrega un comunicado. El fuego crece. Los empleados de mameluco no son suficientes para entregar al fuego tantas fichas y carpetas. Varios empleados que estaban de espectadores y testigos se ofrecen a dar una mano, y las dos. Enseguida hay que disminuir el ritmo de fichas arrojadas porque el fuego se ahoga. Hasta que las llamas empiezan a alzarse de nuevo. El fuego ya es imparable, flamea. De repente una canción brota expresada espontáneamente: Oíd mortales el grito sagrado… libertad, libertad, libertad… Crece y crece más este bendito fuego. Es el fuego imprescindible, el fuego que se está devorando cientos y cientos de fichas destinadas a la delación. A esa delación que tantas veces llevaría a la tortura, al crimen, a la desaparición de personas.
A las cinco de la tarde la Rastrojera se va livianita, completamente vacía. En los tanques queda el rescoldo, el humo. Las cenizas se han quedado sin palabras, las palabras sin letras. Un poco de agua para aplacarlas y reducirlas.
Y entonces, con ese amasijo humeante y mojado de delación que ya no será, con esas cenizas que acrisolan años de pesadilla insoportable, irreparable, con eso, uno de los hombres de mameluco empieza a armar una pelota. Con eso, justamente. Una pesada pelota que mete adentro de una media y de otra más: para hacer la pelota ha donado sus medias.
Y enseguida se improvisa un partido de fútbol, con los cuatro tanques de la quema como arcos.
He ahí la delación, primero redimida por el fuego ejemplar y después, ya ceniza, transfigurada por la espontánea alegría del fútbol.
En fin, cosas que nos pasaron. De fútbol somos. Todo es historia. Y esto también.
Hoy lo estamos recordando, en este tiempo de compromiso por fin compartido en el que, desde hace algunas semanas Yacimientos Petrolíferos Fifados, libra una prodigiosa pulseada para volver a ser Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Habíamos entregado a las joyas de la abuela. Y a la abuela también. La vergüenza habíamos perdido. Ahora hay que meterle, muy juntos. Oíd, oíd mortales. Por los siglos de los siglos.
 

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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