No hay caso, uno termina preguntándose quién le escribía los libros a Cortázar.
No hay caso, uno termina preguntándose quién le escribía los libros a Cortázar. ¿Razón de la pregunta? Los 5 tomos (más de 3 mil páginas) con sus Cartas que está lanzando Alfaguara.
La monumentalidad de estos 5 copiosos volúmenes empuja a preguntas inevitables. Cortázar, ¿a qué hora leía, a qué hora se soltaba a las simples cosas del vivir, cuándo traducía y trabajaba para su pan de cada día? En suma: ¿qué espacio tenía para escribir libros como Bestiario, Rayuela, Todos los fuegos el fuego?
Vale la pena ¡y la alegría! meterse en la aventura de las Cartas que Cortázar fue tejiendo entre 1937 y 1984. Son miles; muchas de ellas escritas no a máquina, sino con el papel sobre sus rodillas “en algún café de ventanas más bien sucias”.
Este incesante río de correspondencia en todas direcciones constituyen, de por sí, una poderosa novela, en la que el personaje Cortázar se construye en la aventura de los días y de las noches, en las minucias de la sobrevivencia, en la reflexión crítica de sus críticos y, sobre todo, en la muy secreta semillación de sus libros.
Estas Cartas de Cortázar (editadas bajo la mirada de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga) tienen la impronta de lo espontaneo. Él lo dice: odia “las cartas literarias cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar”. Se arroja en cada carta al río de sus “pensamientos y sus afectos”; no oculta miedos, sombras, dudas. Con esa entrega, tan de cuajo, en su correspondencia empieza a latir el escritor, un personaje.
Ahí están las cartas relacionadas con Mendoza, las que envía a su amigo “oso”, el genial grabador Sergio Sergi. Allí pulsa la extrañadura, la observación irónica, la ternura a propósito de esos años en los que el joven Julio fue profesor en la Universidad de Cuyo. Calles, cafés, plazoletas como la Barraquero, pizzerías de pronto reviven desde París. De paso, cañazo: emerge una radiografía crítica a una sociedad conservadora, emporio de tantas derechas.
A propósito de la edición (también de Alfaguara) de Julio Cortázar. Papeles inesperados, me asomó la pregunta: ¿Hay derecho a editar textos que un escritor deja tras su muerte en cajas, en viejas carpetas? Esto vale también para sus miles de Cartas. La publicación de los escritos marginados a lo largo de una vida, de espontaneidades, ¿son pecado venial, sacrilegio, profanación, una indiscreción de lesa humanidad? ¿O es un aporte para conocer al escritor en su entretela cotidiana, en su fragua creativa, en la urdimbre de sus angustias y deseos?
La humanidad lectora se divide en dos bandos: los que dicen absolutamente no a tales publicaciones y los que dan un sí entusiasmado, porque consideran que en esos apuntes relajados, espontáneos, hay claves alumbradoras. Inevitable: esta discusión remite a la “traición” del tutor y amigo Max Brod a Franz Kafka. Kafka le ordenó a Brod quemar a todos sus escritos, tras su muerte. Brod no le hizo caso. Jamás una traición fue más aplaudida. Por otra parte, ¿por qué Kafka no quemó él sus escritos?
Digamos que si Cortázar no quemó es porque necesitó compartir hacia adelante aquellos Papeles Inesperados y estas Cartas que equivalen a doce o quince libros.
Pero no se trata del simple elogio de la cantidad de páginas, se trata del elogio de la cantidad de secretas joyas e intensidades. No creo necesario recomendar determinado sendero. Tal vez lo mejor sea entregarse en estas cartas a la sabia cronología del azar. Pero también se puede elegir, por ejemplo, la evolución de las cartas a escritores como Fuentes, Vargas Llosa, Calveira, Ocampo, Fernández Retamar, Cabrera Infante. Y si uno quiere estar de fiesta que vaya a las cartas que Cortázar le envía a la “ex gorda”, Alejandra Pizarnik. (Propuesta: esas cartas ¡piden escenario!)
En suma, que esta correspondencia, en sus cinco volúmenes, puede ser considerada como la otra gran novela escondida con un personaje llamado Julio Cortázar. Esa novela es apasionante porque en sus infinitos pliegues sorprende con confesiones, con opiniones, con la pulseada de la ideología y del compromiso, con cuentos y minirelatos, con estallidos de pura poesía, esa que brota sin ser fabricada. El delirio de la mano alzada de Cortázar produce maravillas.
A Julio le gustaba jugar. Jugaba a pensar, a imaginar, a sentir; jugaba a cazar esa zona en la que lo real y lo fantástico se barajan y desbarajan creando una tercera realidad latiente, la de lo ambiguo. En ese juego, más allá y más acá de sus obras conocidas, se instalan estas miles de Cartas.
He aquí al Julio jugador, garabateando ocurrencias que fueron semillas de páginas que encarnaron en libros famosos. Cortázar, enorme jugador, ¿sabía o no sabía que con estas cartas iba a hacer jugar al lector?
Una vez más lo digo: Cortázar, como tantos grandes novelistas, tenía su rollo con la poesía. Con un respeto sumo la merodeó a lo largo de su entusiasmada vida. Pero no siempre haciendo poemas dio con su poesía. La poesía sin embargo le brotaba, con pulso, en las tensiones, en los climas de sus prosas. En estas Cartas, con frecuencia impensada, también asoman relámpagos de poemas de poquísimas palabras que merecerían todo el blanco, palpitante, de la página entera.
Como cuando se pregunta “A qué viene la noche si no es buscando pájaros...”. Como cuando nos avisa: “Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido…”
Alguna vez Cortázar, escribiendo sin propósito de libro, a mano alzada anotó: “Las cosas son como son porque son otras”. En el aluvión de sus Cartas, con un guiño, el Julio de Cortázar también nos está invitando a la aventura de saber que, porque son otras, las cosas son como son.
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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