Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

15 años con Soriano

Diario Jornada | Jueves, 2 de Febrero de 2012 : 23:12

Otra vez un aniversario y nuevamente esos pobres títulos de mierda. 15 años de la muerte del Gordo: “15 años sin Soriano”. Qué manera de hacerle el caldo gordo a la muerte.

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El 29 de enero de 1997 era miércoles. Miércoles de miércoles. Miércoles de mierda. La noticia nos dijo en seco: “Osvaldo Soriano ha muerto”. En la revista en la que yo trabajaba me señalaron para escribir la despedida. Les avisé que iba a empezar con una larguísima puteada. Y así fue: me salió del alma al enterarme, esa tarde, que Osvaldo no respiraba más, al menos de esta manera: “¡La reputamadre quelosremilparió!” Reanudo algunos tramos del texto que después desenvolví en mi libro “Argentinos en la cornisa”.

Por más que uno se haga trampa, no hay distracción posible: lo cierto es que Osvaldo Soriano se murió nomás. ¿Se murió nomás? Si se murió (cosa que está por verse), como diría el Sumo Ciego, eso le pasa por haber nacido. En fin, una vez más: ¿A quién se le ocurre morirse? ¿A quién se le ocurre nacer? Esto viene siendo inexplicable, y no tiene arreglo.

Si es que la muerte desde siempre se permite ser alevosamente absurda, uno también puede darse el derecho de serlo. Y, desde esa absurdidad, me pongo a hojear sus novelas y sin vueltas  a converso con fragmentos textuales del Soriano escrito:
–Osvaldo, pero contame un poco: ¿qué carajo hiciste ultimamente, mientras aquí corría la noticia de que te habías mandado a mudar sin retorno?

–Anduve… “anduve más de una hora sin encontrar ni una curva, hasta que divisé el primer árbol al lado de una tranquera”.

–¿Y cómo va tu ánimo?


–“He sentido pena”.


–¿Pena por?

–“Pena al ver que caminamos hacia el abismo como vacas ciegas”.


–¿Y después, qué hiciste?


–He seguido “caminando por el asfalto hasta que me pareció ver unas luces a lo lejos”.
–¿Y después?


–Después, “el primer resplandor en el horizonte, y por fin pude dormir de un tirón y sin pesadillas”.


–Osvaldo, y al despertar, ¿qué?


–“Caminé unos pasos a oscuras sobre el pastizal, como para darme coraje”.
–¿Y después?


–“Tropecé, estuve a punto de irme de cabeza, pero atiné a agarrarme de un buzón que tenía la puerta entornada”.


–¿Un buzón en medio de un pastizal desolado?


–“Un buzón”.


–¿Algo en el buzón?


–“Prendí el encendedor... una carta”.


–Allí, en el medio de la desolación, ¿carta para quién?


–Para mí. “Abajo de mi nombre sólo había escrito "Poste Restante, República Argentina””.

Dejo un momento los libros de Soriano y hago pie en un recuerdo. Una noche nos encontramos casualmente en el Paseo La Plaza, de Buenos Aires. Los dos esperábamos al mismo amigo, Miguel Ángel Solá. Nos pusimos a hablar de fútbol y de boxeo y de la patria. Desembocamos en el mismo desconsuelo. Coincidimos en que, al lado de aquella realidad (sucedía la década del Señor de los Anillacos), increíble, desaforada, el “Cambalache” de don Discépolo se estaba volviendo canción de cuna. Coincidimos en que cada día resultaba más inalcanzable, más improbable, inventar algo como escritores, porque la simple novela de la realidad era más fantástica que todas las ficciones. Enseguida estuvimos de acuerdo en que el surrealismo era desnucado a diario en estos parajes. Por eso nuestra única posibilidad de contar la realidad como escritores estaba en el delirio. Delirium patrio. Patria tremens.

Otra vez transito las páginas de sus libros. Laten sus palabras. Le pregunto:
–Osvaldo, vos que has craneado tanto sobre la entretenida patria que nos tocó respirar, ¿qué conclusión tenés a la hora de cruzar el umbral, o dicho en criollo: de mandarte a mudar?

–¿Conclusión? Ninguna. En todo caso, la misma del coronel José de Moldes, asistente de Manuel Belgrano. Moldes escribió: “Dispersos, emigrados y errantes aún no sabemos la patria que hemos de vivir”.

–A propósito de vivir, ¿por qué carajo te mandaste a mudar? Gordo, ¡te fuiste sin saludar!

–“Hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco”. Rodolfo, “cuando uno está en la pista se da cuenta”.
–¿Y si la gente te aplaude?

–“La gente puede estar aplaudiendo a rabiar pero uno, si es un verdadero artista, sabe”.

No hay caso. ¿O sí hay caso? Adonde fuere que se haya ido, Soriano está viajando en un espléndido viejo auto cien veces armado y desarmado por su padre. Insisto en preguntarle:

–Se te da por muerto. Así las cosas, gordo, ¿te importaría aclarar algo?

–Sí. “Que a nadie se le ocurra pensar que estoy huyendo”.

En un país en el que al estreñimiento literario se le llama distanciamiento, Soriano fue, es, un contador con pulso. Se sobrepuso siempre a la tentación de sorprender a sus colegas con la “mecánica” de sus narraciones. Jamás se olvidó de que estaba escribiendo para alguien que lo estaba leyendo con naturalidad. Esto resulta imperdonable en un país donde abundan los héroes del hermetismo, donde sobran los denodados que trabajan febrilmente para ser algo incomprendidos, y para eso le rompen el espinazo a lo lineal haciendo “como que”. No, no faltan quienes lo miran de reojo a Soriano pero, oportunos oportunistas, lo elogian, aunque con cierta conmiseración. Son aquellos que no tienen nada que decir pero lo dicen. Los que trabajan en patotas para ingresar en la historia de la literatura. Pero esa condición de residuos impostados no es lo más grave en ellos. Lo peor es que son excrementos con olor a nada.

Posdata.  Pero qué, ¿nos vamos a poner a polemizar ahora? Ahora lo único que importa es darse cuenta de que no todo el mundo se muere cuando se muere. Y éste es el caso de Osvaldo Soriano. Aunque desde hace 15 años la noticia lo dé por muerto, el aire que él tanto sembró como contador de historias entrañables, lo da por vivo.

En todo caso, uno quisiera creer que existe un cielo no celestito, ardiente, para que el gordo se encuentre con Juan Carlos Gené, quien por estos días también se fue a respirar de otra manera.

www.rodolfobraceli.com.ar          --                  rbraceli@arnet.com.ar

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió “Nicolino Intocable Locche”. Dicta el seminario “Del periodismo a la literatura”.


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