Rodolfo Braceli · Desde Bs. As./rbraceli@arnet.com.ar

López y Cabezas y 400 y…

Diario Jornada | Jueves, 26 de Enero de 2012 : 23:54

Quince años de la asesinación de Cabezas. Más de un caballero eructante y señora aseñorada dirá “a quién se le ocurre hacer memoria en tiempos vacacionales”. Que se vayan a la mismísima.

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No solo voy por el fotógrafo; también voy por el desaparecido albañil López. Y por los más de 400 seres que fueron afanados desde la placenta en los años 1976 y siguientes.

Es arduo recordar el final de Cabezas, pero que sirva para avisarnos que somos alevosamente olvidadizos. Cabezas no es solo Cabezas. La mafia convertida en ideología, la impunidad considerada heroísmo, siguen siendo abonadas por esa parte de la sociedad que prefiere creer que el mundo termina en el umbral de su casa. La indiferencia por la desaparición de Julio López (setiembre del 2006) evidencia, más acá de nuestras narices, que mucha Mano de Obra Desocupada sigue criminalmente ocupada. Es escandalosa, repugnante, la indiferencia del promedio de esta sociedad, la nuestra.

Hace 14 años escribí sobre Cabezas un monólogo: primero fue capítulo del libro “Argentinos en la cornisa”, después lo convertí en una obra teatral, “El novio de la memoria”. Recupero apenas algunos fragmentos:

“El 25 de enero de 1997 el fotógrafo José Luis Cabezas fue matado vivo y quemado muerto en Pinamar. Impunidad tremens: impunidad patria. En 1998, al cumplirse el primer aniversario de ese asesinato, sentí necesidad de escribir sobre Cabezas, pero en tiempo presente, viviendo él de nuevo.

Conversé con sus familiares y amigos, entre todos me sembraron con datos, anécdotas, observaciones, que le dieron semblante y pulso a este monólogo escrito para contradecir a la muerte. Aquí, ahora, Cabezas. Escuchémoslo:“Últimamente la gente se queda mirándome. Que me miren vaya y pase, pero que se paren para mirarme ya es demasiado. Soy un chabón interesante, pero no es para tanto... Sí, últimamente me vienen pasando cosas muy raras... Hoy me levanté temprano y salí con la fresca. Amanecí extrañando, y con unas ganas de desayunar de caballo. No sé por qué estoy ahora mirando el almanaque: 25 del 1 del 98, ¡domingo carajo! Espero que no llueva. Salgo a caminar, ¿por la cintura cósmica del sur? No, por la vereda nomás. Hoy quiero ver a los chicos, a mis viejos, a Cristina: hará unos días que no hablo con ellos pero, ¡otra cosa rara!, tengo la sensación de que hace años que no los veo: los extraño como si me hubiera ido de viaje, lejos... Los buscaré y les daré un abrazo así, sin avisarles, y listo, a la mierda. ¿Qué tanto dar explicaciones cuando uno tiene ganas de pegar un abrazo?

(…) Caminar por Buenos Aires en enero es algo que me enseñó el rengo Piazzolla: “En enero Buenos Aires es la mejor hembra: toda para vos...”. No sé bien qué hago aquí porque tendría que estar fotografiando la temporada en Pinamar. Pero camino, sin apuro. Ya dejé atrás dos quioscos de la calle Las Heras. Qué curioso: en la tapa del Clarín y de La Nación me pareció ver una foto mía. En la de Página 12 mi foto y la palabra: “¡Presente!” No sé, pero ya me estoy acostumbrando a ver mi foto mirándome desde afiches, desde calcomanías que parecen estampitas. No entiendo, si no soy candidato a nada.

“Me vienen pasando cosas raras, dije. Sueño chifladuras que no tienen pies ni apellido. Quiero decir: ni cabeza. Decidí anotar en una cuadernito “Gloria” esos sueños locos. Pero hay un sueño que ya ni anoto, se me repite: unos chabones me ponen un revólver en la cabeza, me esposan, me hincan sobre el asiento de mi auto… No sé de qué carajo se ríen… Hay uno que patea mi cámara, después siento el estampido… un flash, pero adentro de mi cabeza, y enseguida: llamas, demasiada luz, cierro los ojos… Silencio…

“¿Me han matado? No creo: primero y principal: porque yo ahora estoy contando el sueño, señal que estoy vivo. Pero hay algo más que me tranquiliza: después de esa pesadilla fiera que tanto se me repite, me despierto, tomo agua, me duermo otra vez y sueño algo bien piola... Sueño esto: un chabón de anteojos me guiña y me arrima una hoja con estas líneas escritas a mano, en rojo: ‘No siempre la muerte se sale con la suya. La muerte no es perfecta…’ Ahí el chabón de anteojos se va y entra en el sueño Serrat, mi ídolo. Joan Manuel viene con un tipo menudito de la mano, es García Lorca. Me dice Serrat: ‘Tiene razón el de anteojos, José Luis. Mira, realmente, la muerte no es perfecta. Seguro que no basta con asesinar para matar. Aquí, de cuerpo y latido presente, te lo demuestra Federico García, el que viene a nacer’... Y después se van, Serrat y Federico, sonrientes. Yo a Lorca alcanzo a gritarle: ‘¡Gallegooo!, ¡la próxima a ver si me decís el verso ese tuyo!’ ‘¿Cuál verso?’ ‘¡El del tipo que se llevó la mina al río creyendo que estaba desocupada pero tenía marido!’... Sí, el sueño de Serrat con Lorca me lava, me saca el espanto del sueño ese en el que esos tipos me meten un relámpago en la cabeza...

(…) “Ahora sigo caminando, por Callao. Qué ganas de desayunar. Entro a un boliche bacán: ‘¿Qué se va servir?’ ‘Medialunas de las saladas’ ‘Y para tomar, ¿té o café?’ ‘Para tomar, champán, viejo’. ‘¿Champagne dijo?!’ ‘Champán dije. Barón B. Hoy me da la gana de desayunar con champán. Soy un chabón duque...’ Epa, ahí viene un tipo leyendo el diario, desde abajo un perro lo mira. ¡Qué foto!... Pero, ¿y mi cámara?

(…) “Recién, cuando dije Pinamar, sentí un gusto raro en la boca. Amargo. ¿Gusto a humo? Para sacarme ese gusto ya mismo iré a donde están los que quiero y sin explicaciones les daré unos besos terribles, de esos que arden, que dejan un zumbido en el oído… Eso sí, después les preguntaré: che, diganmé de una vez: ¿saben dónde está mi cámara?”.

Posdata. ¿Sabe, alguno de los presentes, dónde está su cámara? ¿Sabe, alguno de los presentes, cómo se hace para que la memoria no se nos traspapele, no se nos bostece?
No se nos olvide Cabeza. Y no se nos olvide el albañil López que fue borrado del mapa por ser testigo. Y sigamos buscando a aquellas 400 criaturas que fueron robadas desde la placenta. No se nos olvide hacer memoria. Para sembrar un futuro como el que debiéramos merecer.

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