En octubre se recuerda en todo el mundo al Che Guevara por dos motivos: uno el día de su muerte, hace 45 años, y otro el día en que su cadáver fue llevado a Santa Clara, Cuba.
“¡Póngase sereno y apunte bien! Va usted a matar a un hombre”, dijo Ernesto Guevara el día de su muerte. El 9 de octubre de 1967, al sargento de los rangers bolivianos, Mario Terán, se le había encargado dar el golpe de gracia a Ernesto Guevara –capturado herido– en la escuela de La Higuera, un pueblito de Bolivia. La primera vez que entró en la habitación para cumplir las órdenes, Mario Terán se retiró turbado después de encontrarse con la mirada del Che. Después de oír las burlas de sus colegas y de darse coraje con una botella de alcohol, volvió a entrar y ultimó con una ráfaga de metralleta, disparada por la espalda, sin mirarle la cara a su víctima, al médico argentino que soñaba con la liberación de la gente como él.
Hacía más de un año que el médico argentino-cubano había llegado a Bolivia para intentar desarrollar un grupo insurgente para lanzar una “revolución continental”.
Terán contó luego que le disparó dos ráfagas. Con la primera le arrasó las piernas, lo vio caer sangrando abundantemente y le volvió a disparar. Un balazo le pegó en un hombro, otro en un brazo y un tercero en el corazón. Ya estaba muerto. Muerto y con los ojos abiertos, anunciando que comenzaba la leyenda del Che.
La orden de asesinar al revolucionario argentino había venido de Félix Rodríguez, alias Max Gómez, cubano y por entonces hombre de la CIA en Bolivia. Aquella ejecución, de la cual Rodríguez se jactara con cinismo en un libro, debía resolver, en teoría, el problema de un continente. Por eso el cadáver del Che se hizo desaparecer, y después, como se supo con los años, por las revelaciones del entonces capitán Mario Vargas, “destruido” y mezclado en una colada de alquitrán en un trecho de la autovía que se estaba construyendo de Vallegrande a Lagunillas.
Hace pocos días se cumplieron quince años del 17 de octubre de 1997, cuando los restos del Che llegaron a San Clara ante una enorme multitud, conmovida pero orgullosa de atesorar para siempre al Comandante Che Guevara en esa tierra. Lo sentían “quemando la brisa con soles de primavera”, como le cantó el poeta Carlos Puebla.
El anuncio del descubrimiento de sus restos el 28 de junio de 1997, en Bolivia, junto a otros seis compañeros, en una fosa común, estremeció a la Isla, porque uno de sus hijos universales reposaría en la Patria que tanto amó y por la que tanto hizo.
Desde la llegada de sus restos hasta estos días, más de tres millones y medio de cubanos y extranjeros le han rendido tributo. La relación entrañable de Ernesto Guevara y Santa Clara, donde escribió la página más brillante de su genio militar, quedó atrapada también en esa canción “Hasta siempre Comandante”, profética, por aquello de que “aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia”.
Algunos prefieren evocarlo con aquellas palabras en que los describió el gran escritor lusitano José Saramago: “Che Guevara, si tal se puede decir, ya existía antes de haber nacido; Che Guevara, si tal se puede afirmar, continuó existiendo después de haber muerto. Porque Che Guevara es solo el otro nombre de lo que hay de más justo y digno en el espíritu humano. Lo que tantas veces vive adormecido dentro de nosotros. Lo que debemos despertar para conocer y conocemos, para agregar el paso humilde de cada uno al camino de todos”.
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