Roberto Suarez · rsuarez@jornadaonline.com.ar

Adormecidos

Diario Jornada | Martes, 7 de Febrero de 2012 : 23:38

Los partidos políticos argentinos después de octubre del 2011, en su mayoría están como adormecidos. Sin actividad.

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La democracia en la Argentina de su estructura social exige rehabilitar la práctica política, sentar las bases para la instauración  de las instituciones representativas. Los partidos son los órganos naturales y específicos de la política. Deben renovarse en lo humano y en lo estructural, abriendo puertas para que la juventud participe en estos y canalice la responsabilidad que no puede canalizar por otra vía. Debe reconocérsele la vigencia y deben actuar para que el pueblo actúe.

La indispensabilidad de los partidos dentro del régimen democrático representativo, está actualmente fuera de discusión. Es cierto que todavía quedan enemigos de los partidos, pero se trata casi siempre de enemigos de la democracia representativa.
Por lo tanto, se admite generalmente  que los partidos son rasgos indispensables a la democracia.

Ninguna democracia moderna puede prescindir de la existencia y de la actividad de los partidos políticos. Son ellos quienes deben articular las respuestas más adecuadas a los múltiples desafíos que se presentan actualmente, tanto en el orden local, como nacional e internacional.

Una larga tradición, que viene desde Aristóteles, nos invita a considerar al hombre como animal político. Nacemos en una sociedad política y en ella tenemos que desenvolver nuestras actividades, de cualquier tipo que sean.

La política es un arte y una ciencia muy compleja y muy difícil. Por eso una de las fortunas más importantes que puede tener un país es contar con políticos de altura y gran visión.
Por su etimología lo político es lo que se refiere a la polis, es decir, a la organización, estructuración y conducción de una comunidad. Según esto, la política es la actividad que se ocupa de organizar, jerarquizar y gobernar a una comunidad de personas.

Existen dos concepciones distintas de la política: una, más clásica y profunda, que la define como la organización dinámica de la convivencia, cuyo protagonista y beneficiario es el pueblo (por lo tanto el Estado y el poder están en función del bien común), y otra más moderna tiende a considerar la política en función del Estado y del poder que se busca conquistar y mantener.

En toda comunidad se dan diversidad de pareceres y de opciones. Cada persona, cada grupo, cada partido tiene su forma de enfocar y de concebir el bien común. De ahí que sea imposible una concepción política uniforme. Todo verdadero político tiene que aceptar el pluralismo, que se traduce en la práctica en la organización y en las formas democráticas de conducta.

Por eso es tan importante la participación de todos. Que queden de lado la indiferencia y las actitudes evasivas que caracterizaron a nuestra sociedad los últimos tiempos (por supuesto que por los errores de muchos políticos), para que cada cual asuma sus propias responsabilidades en situaciones concretas. Hay que tratar de lograr lo que planteaba Platón en su famosa obra La república: que la política no degenere en intrigas, en corrupción y en arbitrariedades. Platón sostuvo que para que eso no pasara se debe proceder con principios éticos fundamentales, que obligan al político a ser justo y a tener como verdadera motivación el bien común de sus súbditos.

La democracia argentina sobrepasó su más prolongado ciclo de vida. Sus 28 años de existencia la transforman en una fase única dentro de la historia política del país. Llegado este punto, la pregunta por el saldo de este ciclo novedoso para nuestra vida institucional se vuelve inevitable.

Un primer balance de estas casi tres décadas nos habla de un régimen democrático legitimado, estabilizado, que ha sabido superar (no sin altos costos) la presencia de los militares y sus proyectos mesiánicos. Sin embargo, la democracia debió afrontar cuatro asonadas militares, dos momentos hiperinflacionarios, un endeudamiento espectacular del Estado, hiperdesocupación con la consecuente exclusión social, además de una crisis política inédita en el 2001.

Frente a tantos sucesos, en el país se siguieron desarrollando con normalidad elecciones competitivas, en las que los ciudadanos pudieron seleccionar desde sus preferencias distintos candidatos.

Este mecanismo electoral establecido afianzará seguramente el sistema, para lograr una democracia orgánica que se entienda como un sistema de vida en el que estén integradas la economía, la organización política y la ética social. La persona humana considerada como una totalidad y el fin en todo, tanto en el aspecto individual como en lo social.

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