Roberto Suarez ·

Más grande que nunca

Diario Jornada | Martes, 17 de Enero de 2012 : 23:41

El gran escritor estadounidense Norman Mailer contó como pocos qué son la vida, la muerte, Estados Unidos, el mundo. Y también el boxeo, en el que aplicó con maestría sus oficios de escritor y periodista, especialmente cuando fue a Kinshasa, Zaire, para escribir sobre el combate en el que Muhammad Alí venció a George Foreman, el 30 de octubre de 1974, por el título mundial de los pesados.

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 A modo de tributo y de memoria para Mailer, van algunos párrafos que todavía impactan: “Estaba solo en el ring, el aspirante retando al campeón, el príncipe en espera del pretendiente, y a diferencia de otros boxeadores que languidecen en los largos minutos previos a la aparición del poseedor del título, Alí parecía disfrutar como un rey en su indiscutida posesión del espacio.

No solo no parecía tener miedo, sino que daba la impresión de estar al borde mismo de la felicidad, como si la disciplina de pasar dos mil noches durmiendo sin su título, después de que se lo arrebataran sin haber perdido un combate –que para un boxeador es sin duda una frustración equivalente al impacto que provocaría escribir ‘Adiós a las armas’ y no poder publicarlo–, hubiera sido una prueba bíblica de siete años al final de la cual llegara con lo fundamental de su honor, su talento y su deseo de grandeza intacto y radiante. El cuerpo le brillaba como los flancos de un pura sangre.

Parecía completamente listo para pelear con el hombre más fuerte y más cruel que se viera en muchos años en los círculos de la categoría de peso pesado”. Termina su crónica escribiendo: “Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”.

Quería  comenzar con esta cita de Mailer, esta columna que hoy dedico a Muhammad Alí. El primer hombre en conquistar tres veces el título mundial peso completo es el eje de la atención mundial porque ayer cumplió 70 años y se lo festejaron con todos los honores, como se lo merece.

Para mí sí fue el más grande de la historia. Trascendió boxeando, y lo hizo a lo grande. Pero también como hombre, como gran defensor de su raza, y fundamentalmente como un gran pacifista. En uno de sus aniversarios, la revista El Gráfico lo trajo para los festejos en 1979. Mi gran amigo Ernesto Cherquis Bialo era el director de la revista y me invitó para la ocasión. Yo trabajaba en Radio Nihuil, ya hacíamos con Jorge Sosa el programa “Jornada”.

En uno de los agasajos al gran Muhammad Alí, que consistía en la participación en un programa que hacía Analía Gadé (similar al de Mirta Legrand), el gran campeón se paró para ir al baño y yo aproveché para grabarle un reportaje que luego se emitió por la radio. Fue una de las notas más importantes que realicé en mi vida. Me queda una foto del enorme Alí que me regaló con su autógrafo y que siempre he guardado como un valioso recuerdo.
Ayer coincidió el cumpleaños de Alí, un día después, del día de Martin Luther King, una fiesta nacional en Estados Unidos para recordar al pastor que concretó una lucha enorme por los derechos civiles de los negros. Precisamente uno de sus más fieles intérpretes de esa tarea fue el gran Muhammad Alí.

Sin ser un activista político ni social, su carácter contestatario le hizo enfrentarse a la reaccionaria América blanca de los años 60, y se convirtió en un símbolo de rebeldía para los afroamericanos que peleaban por sus derechos políticos más básicos.

Treinta años después de su última pelea, su coraje, su fino estilo y demoledora pegada en el ring, y sus posiciones contestatarias y de protesta, siguen siendo poderosos símbolos de una época dorada del boxeo y un momento crucial en la historia contemporánea de los Estados Unidos.

Tras su retiro, Alí ha estado involucrado en muchas causas humanitarias, y ha seguido desafiando al sistema político de su país con visitas a Corea del Norte, Afganistán, Cuba e Irak, entre otras naciones. En 2005 recibió la Medalla de la Libertad, el mayor honor que pueda recibir un ciudadano estadounidense.

En 1996, a pesar de los temblores causados por la enfermedad de Parkinson, encendió la antorcha olímpica, símbolo de la paz mundial y la unidad, en la ciudad de Atlanta, precisamente donde hace 30 años fue considerado un ciudadano de segunda clase.

Cassius Marcelus Clay Jr, luego Muhammad Alí, flotaba como una mariposa y picaba como una abeja –y a esto él se refirió una y otra vez–. Su boca llegó a ser más letal que su gancho de izquierda o su jab. Él bailaba, él jugaba y se burlaba, él demolía. Pero aún había algo más en Alí que su mero carisma. Algo que quizá fue definido de la mejor manera por Floyd Patterson, uno de los grandes rivales de Alí: “Al final entendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio, era historia”.

En su obra maestra “Rey del mundo”, David Remnick, ganador del premio Pulitzer, le pregunta en una entrevista cómo le gustaría que la gente lo recordara, y el viejo Alí le respondió: “Como un negro que ganó el título mundial de los pesos pesados y que tenía sentido del humor y que trató a todos con justicia. Como un hombre que nunca miró por encima del hombro a quienes así lo miraban a él y que ayudó a tantos de los suyos como le fue posible, no solo financieramente, sino también en su lucha por la libertad, por la justicia y por la igualdad. Como un hombre del que los suyos no se avergonzarían...”

Por Roberto Suárez(rsuarez@jornadaonline.com.ar)

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