Hoy lo conocemos. Hoy su presidente se siente cerca de nuestra presidenta. Hoy ha alcanzado protagonismo regional, e incluso planetario.
Pequeño país del occidente del continente, era una incógnita perdida para nuestra mirada hasta hace unos años casi exclusivamente dirigida a Europa. Los argentinos nada sabíamos de la República del Ecuador. Apenas por la suerte de algún técnico de fútbol, o el destino de alguna actriz expatriada.
País pequeño el Ecuador, país complejo. Con su división entre selva, sierra y costa, al igual que Colombia, y más definidamente el Perú. Con sus guerras limítrofes, y su histórica pérdida de territorio ante Brasil. Con innumerables partidos políticos, con etnias indígenas múltiples e indoblegables, con apertura al turismo de curiosos y aventureros, con ONGs que por todos lados propagan la –más de una vez discutible– cooperación internacional que llega desde el capitalismo avanzado, especialmente en versión europea.
El Ecuador, ese país pequeño y generoso que resguardó a tantos connnacionales durante la última dictadura (El “Flaco” Suárez actor, y don Arturo Roig, entre otros), el que hoy acoge a cientos de miles de desplazados colombianos, arrastrados fuera de su país por la guerra interna, y cobijados en otro más débil económicamente, pero que no los ha dejado en la estacada.
El país que antes de Correa exportaba tantos emigrantes como toneladas de bananas, ese que afincó a miles en España, y llegó a otros países europeos y a Estados Unidos. El país de chicos con padres emigrados que quedaron a cargo de tíos y abuelos, el de las casas altisonantes de los que se fueron frente a las más pequeñas de los que se quedaron. El Ecuador que los argentinos hemos descubierto como turismo valioso a la vez que económico en los últimos años.
El Ecuador que echó al presidente Mahuad en gran pueblada indígena, el que antes se había peleado con Buccaram, aquel en donde a alguien se le ocurrió nada menos que invitar a Cavallo con sus recetas de desastre ajustador. El Ecuador de tiempos difíciles y políticas antipopulares, como las del conservador Febres Cordero cuando su presidencia.
El del Amazonas y la selva insondable, el de los bellos volcanes y los tejidos de Otavalo. El mismo que se inventó un presidente que ha mostrado agallas.
Agallas se necesita para enfrentar a Gran Bretaña y no amilanarse. Correa decidió correr los enormes riesgos, y dar asilo a Assange, el que sostuvo Wikileaks. Es decir, el que mostró miles de documentos clasificados o secretos de archivos estadounidenses, esos que exhiben inequívocamente actividades de espionaje permanentes de la gran potencia en los demás países del mundo, actividades ilegales y violentas que van bajo el piadoso título de “operaciones encubiertas”, y acuerdos inconfesables con gobiernos títere que les responden en diferentes sitiales del planeta.
El Imperio quiere dar castigo ejemplar a Assange. Que nadie se atreva a desafiarlo; se quiere mostrar la enormidad de la fuerza propia, y la total intransigencia frente al rebelde.
Ante ese Goliath está el David de la República ecuatoriana. Pequeño pero firme. Entero, con grandeza moral.
La misma que tuvo el gobierno de Correa para pedir a EEUU que dejara la base militar de Manta, en territorio ecuatoriano. La que se requiere para haber negociado la deuda externa con energía, en una modalidad calcada de la que previamente realizó la Argentina de Néstor Kirchner. La que se necesita para enfrentar una ofensiva mediática enorme y repetitiva como otras que conocemos en el subcontinente.
Ecuador tiene a Assange refugiado en su embajada en Londres. Inglaterra amenazó con entrar a la embajada en una acción que sería diplomáticamente desastrosa e inaudita, pero tuvo que recular por la enorme reacción latinoamericana.
Ese pequeño Ecuador, ese que conocemos ahora gracias a las políticas de Corrrea y a las reacciones desproporcionadas en su contra viabilizadas desde el Hemisferio Norte, no está solo. Está acompañado en Unasur por países más grandes y potentes, como el Brasil, como Argentina. Y por otros pequeños y decididos, como Uruguay, o medianos y activos, como Venezuela.
No está solo, el ahora querido país pequeño del noroeste subcontinental. El de la entrevista entre San Martín y Bolívar, aquel en que descansan los restos del mariscal Sucre. Ese donde el Amazonas tiene su comienzo, y donde la dignidad nacional tiene su espacio.
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