Roberto Follari · Por Roberto Follari

La estación antiminería

Diario Jornada | Domingo, 26 de Agosto de 2012 : 01:15

El cuidado del ambiente es imprescindible a la vida social. Y surgió de la depredación que cierto industrialismo desaprensivo ha realizado de las materias primas, e incluso de recursos tan elementales y necesarios como el agua y el aire

Por ello, en la Europa de los años sesentas comenzó la sistemática preocupación ambiental, acompañada de luchas y movilizaciones diversas para cuidar que estos recursos básicos no fueran arrasados.

  Por mucho tiempo, a las izquierdas latinoamericanas el tema les resultó no sólo ajeno y exótico, sino molesto y rechazable. El ambientalismo fue presentado como un invento imperialista para distraer de los verdaderos problemas de los trabajadores, cuando no como una estrategia para impedir nuestro desarrollo. Se lo percibía como una forma de satanizar la industrialización en nuestro subcontinente, mientras el capitalismo desarrollado seguía avanzando en la producción, y dejándonos cada vez más atrás.

  Cosas veredes, con el tiempo esa izquierda se quedó con pocas banderas, pues en Latinoamérica se han instalado diversos gobiernos que –con las dificultades y limitaciones inevitables- han puesto límites al capitalismo salvaje, y mejorado la situación relativa de los trabajadores. Venezuela, Argentina, Uruguay, Brasil, Ecuador, Bolivia son los casos más notorios. Ante esta realidad, izquierdas con vocación de eternas minorías han encontrado en la defensa ambiental –antes rechazada- la gran bandera de sus agrupaciones.

  Ahora, gentes que nada saben de ambiente recitan, por decisión ideológica, sinuosos discursos que son de ataque a los gobiernos de turno, mucho más que de defensa del ambiente. Así, han logrado lo que algún añejo biólogo llamara “vicios de las virtudes”; es decir, convertir la virtud de la defensa ambiental en el vicio del fundamentalismo antiminero. Para ellos, por definición toda explotación minera está mal, aunque les han enseñado a decir que ellos sólo están contra “la minería contaminante”.

  Lo que jamás contestan, es cuál es la minería no-contaminante. Muchos mendocinos nos opusimos a San Jorge; pero ahora también estos grupos cuestionan la explotación de sales de potasio en Malargüe, una minería no metalífera. Los argumentos son cualesquiera, contradictorios y a menudo confusos: a veces se está “contra la megaminería”, no contra la minería contaminante. Pero resulta que podría haber pequeña minería contaminante (de hecho la hay, que usa mercurio, por ej.), la cual no es megaminería. Y podría haber megaminería no contaminante, y en tal caso el argumento ya no sería la real o presunta contaminación, sino algo así como el tamaño de la empresa ligada a la extracción.

  Si se trata de esto segundo entramos en otra cuestión, que es la  económica de quién se queda con los beneficios, cuántas personas obtienen trabajo, etc. Tema decisivo, porque se requiere una nueva ley que deje una mucho mayor parte del producto en el país, y que derogue la desastrosa ley minera de tiempos de Menem. Pero si se quiere hablar de beneficios económicos, quiere decir que se está aceptando la explotación, al margen de problemas de contaminación. De modo que se mezclan los problemas y se cruzan los argumentos.

  En fin, la izquierda anti-extractiva es hoy anti-desarrollo; carece de un programa económico viable, y simplemente (como muestra de que no tiene la menor convicción de llegar a ser gobierno) se opone a una actividad económica que debe ser fuertemente controlada, pero que con estos controles puede y debe existir.

  La posición anti-minera se ha convertido en enfermedad infantil de las izquierdas. Por un lado, se coincide en las marchas con derechas ideológicas y ligas empresariales que quieren quedarse con el agua y otros recursos para su propio coleto. Y también a falta de mejor reivindicación, están asumiendo una que contradice gran parte de su legado histórico. Se está suponiendo el retorno a una sociedad pastoril y bucólica, sin industrias ni maquinarias ya que, como todo el mundo sabe, los automóviles contaminan, las industrias textiles y alimentarias contaminan, la agricultura contamina (¿qué es, si no, el glifosato?).

  No se trata, entonces, de una imposible contaminación cero. Se trata de cuál es la tolerable y manejable de manera compatible con una producción a gran escala que hoy remite a seis millones de habitantes en el planeta. Con sueños de Naturaleza intocada no hay producción posible a medida de la población de la Tierra, mientras las energías alternativas sobre las que hay que trabajar con fuerza, están por ahora muy lejos de reemplazar a las fuentes de combustibles con las que todavía contamos.

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