Opinar siempre. Aunque no se sepa. O si nada se sabe, mejor. Costumbre de un sector de la clase media argentina, que “arregla el país” en los cafés masculinos y las charlas de peluquería femenina.
Si el otro (que sabe tan poco como yo) asiente, quiere decir que tengo razón. Si “los muchachos” están de acuerdo, mi opinión vale. Eso sí, nada de estudiar, nada de informarse, nada de indagar. Opinar lo “que me canta”. Esa mala costumbre nacional.
Se opina sobre los jubilados, sobre el desarrollo y la economía del país, sobre política internacional, sobre la Asignación por Hijo. “Se embarazan para tener la Asignación”, dicen, como si el embarazo fuera siempre tan premeditado en los sectores más pobres. “Tiene nueve hijos para tener más asignación”, dicen, sin saber que no se pagan más de cinco. “Usan la plata de los jubilados”, dicen sin averiguar que la Anses no es solo dinero de –o para– los jubilados. “Chávez es un dictador”, lanzan sin haber consultado una sola estadística de las que indican que en ese país las mejoras sociales han sido enormes desde que él es presidente, con 14 elecciones ganadas.
Es como con el fútbol. Todos somos directores técnicos en los mundiales, todos decimos lo que hay que hacer. La pasión nos mueve, y eso en el deporte no está tan mal. Pero la vida no es solo deporte, y cuestiones más serias no pueden tratarse como si fueran de recreación.
Ahora, con los Juegos Olímpicos, nuestra ignorancia deportiva se hace más evidente. Podemos opinar sobre natación estilo pecho, bala, jabalina, ping-pong, boxeo, gimnasia de aparatos, hockey, tenis, equitación, badminton, básquet, vóley, patinaje, todo a la vez. Somos expertos múltiples por algunos días. A los olímpicos juegos, adicionamos nuestra olímpica ignorancia sin culpa alguna. Total, las charlas de verdulería y los comentarios en la cola del banco no saldrán luego en los diarios... aunque la ignorancia sí pueda solazarse en las nuevas facilidades de las llamadas redes sociales. Blogs, Facebook y Twitter están llenos de improperios, ataques de baja estofa, insultos y falsas informaciones, en una proporción que clama al cielo. Ni hablar de las cadenas de mails, esa forma anónima de sembrar el terror.
Por supuesto que esas redes también se usan para buena comunicación y beneficios sociales. Por supuesto que hay, también en nuestras clases medias, personas comedidas y capacidad para la información, la reflexión y la cultura. Claro que sí. Pero no abundan ni son mayoritarias.
Se prefiere, en cambio, apelar a la opinión. Eso que es tan diferente del conocimiento, como demuestra toda la teoría de la ciencia. Opinamos con la liviandad con que se opinaría que los objetos más pesados caen más rápido, que las personas normales son las más amables, o que una planta no puede estar viva. Es decir, como puede opinarse para no producir saber. Porque el saber es, a menudo, lo contrario de la sola opinión.
No importa. Seguiremos viviendo a diario la vulgata que algunos medios potencian y promueven, esa que confunde a los que más lucharon contra la dictadura con supuestos dictadores, y a los sectores que más apoyaron la dictadura con “democráticos”. Esa que echa la culpa de la inseguridad a “los negros”, aunque no explica por qué “los negros” hace veinte años no eran peligrosos. Esa que exculpa el voto a Menem y los apoyos a la dictadura en un simple “yo no sabía”. Los que no creen tener responsabilidad de nada, pero crucifican siempre a los políticos, que según ellos tienen la culpa de todo. Esos que, a menudo, si fueran políticos se comportarían peor que los peores políticos. Los muchachos del café, las compañeras de cola en el supermercado que no siempre por supuesto, pero sí muy a menudo, hay que aceptar que en algo son expertos: en ignorancia.
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