Roberto Follari · Por Roberto A. Follari

Sutil memoria

Diario Jornada | Domingo, 15 de Julio de 2012 : 00:51

Que vienen Leo Dan o Yaco Monti. Que pasan al Club del Clan por TV. Que 50 años de los Rolling. Hace 50 años nadie retomaba lo de otros 50 años atrás; solo se valoraba lo nuevo, bajo la urgencia de la noción de progreso.

Pero hoy que somos hijos de todos los “post”, y sobre todo posmodernos, ya la idea de progreso no nos cuadra. Y solemos mirar para atrás, y el pasado se mezcla con el presente, como en un sueño de esos ligeros al ir despertando.
 
En aquel tiempo había tiempo. El vértigo no nos ganaba. Teníamos tiempo para pensarnos; demasiado quizás, tal vez faltaba diversión o ruido. Pero sabíamos dónde encontrarnos a nosotros mismos, el espejo nos devolvía la imagen de quien no cambia de golpe, ni vive diariamente a los saltos. Soportábamos el silencio, no huíamos de él.
 
Se veían filmes de Troy Donahue o de Gregory Peck. Nos devorábamos la TV que engalanaba pocas casas, las que eran ferozmente invadidas por el barrio todo: “Patrulla de caminos”, “Dr. Kildare”, “Jim West”, “Caravana” o “Maverick” se llevaban nuestro tiempo, y daban curso a nuestras ilusiones. Yo quería ser como el morocho de Laramie, como el actor Robert Fuller; seguro otros soñarían con el joven de “Ruta 66”, muchachas se imaginarían como la protagonista de “Yo quiero a Lucy”, o como alguna de las chicas de “La caldera del diablo”.
 
En Boca aún deslumbraba Pancho Lombardo, River hacía sus primeras ventas extraordinarias con Di Stefano y Sívori. Angelillo y Manfredini completaban los nombres de los primeros exportados, a los que se sumó (para volver pronto) Ernesto Grillo. En tiempos franquistas, en España siempre ganaba el Real Madrid –bien asegurado estaba–, y el fútbol italiano despuntaba los primeros escándalos a que luego nos acostumbrara.
 
Había que escuchar el fútbol de la AFA a través de Fioravanti, por supuesto. En Mendoza, Independiente Rivadavia se disputaba la hegemonía con los chacareros y con Gimnasia, que empezaba a estrenar la destreza de Legrotaglie.
Tiempos. De las tiendas de ropa de media estación, del paso de la Naranjina a las gaseosas más actuales, del sandwich de milanesa y los huevos duros para el infaltable picnic del 21 de setiembre. Cuando la palabra Perón era pecado, y la política argentina vivía una inestabilidad siempre cercada por la amenaza del golpe de Estado, eufemístricamente llamado “revolución”.
 
Gomina Brancato, revista Billiken, jabón Lanoleche y publicidad de Palmolive del aire nos rodeaban. Días de radio y de fotonovelas, de Oscar Casco en la radio y de Sebastián Pérez por las tardes. Parques de diversiones con música de Julio Jaramillo, cumpleaños de 15 que se festejaban en las casas, orquestas típicas y “características” en los bailes, el infaltable “lamento el atraso” cuando los velorios. Los Gálvez en el turismo de carretera, Nicolino Locche inventando un deporte pariente del boxeo.
 
No eran tiempos mejores, aunque a algunos le parezcan. Pero eran nuestros, lo fueron. Y eran otros, y permitían pensar y sentir de otra manera que hoy. Y éramos niños o jóvenes lo que hoy peinamos canas, cuando algo nos queda para peinar.
 
En el otoño de la vida (o “primavera de la muerte”, como dicen que bromea Quino), vale la pena sentir el esplendor de aquellos tiempos. Porque asedian la memoria, porque reclaman un sitio. Porque siempre es un consuelo salir de las trabas del presente. Porque es una alegría saber que alguna vez fuimos otros, vivimos de otros modos que el actual. Porque se escurre alguna lágrima cuando pensamos que entonces teníamos todo por hacer, y el horizonte de la vida se abría como un enorme abanico ante nosotros, en apertura a todas las posibilidades y los riesgos.

Quizá no todas las esperanzas se cumplieron, tal vez expectativas se nos quedaron dormidas en algún rincón de la ternura. Pero todavía nos dice algo otear la saga de Pelopincho y Cachirula, imaginar futuros leyendo Patoruzito, encontrar en un viejo cajón, junto a fotografías antiguas, algún frasco vacío de Glostora.

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