Roberto Follari · Por Roberto A. Follari

Frágiles memorias

Diario Jornada | Lunes, 23 de Enero de 2012 : 07:17

Difícil sería vivir si nada de memoria tuviéramos. Despertar a la mañana sin saber quién somos, dónde estamos, qué es este país o esta determinada ciudad.

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La memoria resguarda la identidad personal, ese hilo delgado que liga a todas nuestras personales experiencias porque son las de uno, aun cuando sean enormemente diferentes entre sí. Toda la heterogeneidad de percepciones se une en un yo que se continúa en el tiempo. La memoria nos salva del desorden mental que habría sin esa unificación de los diversos momentos vitales.
Pero demasiada memoria no ayudaría. Tendríamos el cerebro atiborrado de imborrables experiencias múltiples, y nos ocurriría lo de “Funes, el memorioso”, aquel personaje de Borges que no podía olvidar la diferencia de cada baldosa con las otras, de cada hoja de árbol con las demás. No podía olvidar cada uno de los objetos que había conocido. Siendo así, Funes tenía un problema complicado: necesitaba un nombre para cada objeto. De esa manera perdía la ventaja que otorga el lenguaje, nombrar innúmeras cosas con limitado repertorio de palabras; para él cada baldosa tenía –como cada persona– un nombre diferente.
Se nos invita a mantener la memoria; por ejemplo, la de la dictadura para jamás repetirla. En ese caso se trata de un imperativo indiscutible. Fue Freud, aquel inventor del psicoanálisis, quien nos enseñó que para no repetir las historias hay que recordarlas. Pero nos enseñó también que recordar duele, cuando se trata de aquello que nos ha dañado o que simplemente nos desagrada. Más aún, cuando lo expulsado de la memoria pudiera ser la evidencia de nuestros propios defectos.
De tal modo, no es tan fácil recordar. Sin dudas que nos pasamos la vida más olvidando que recordando. “La memoria es solo una grieta en la amplia oscuridad del olvido”, decía el gran autor del cuento sobre Funes. Olvidar nos permite alivianar la experiencia, dejar atrás sufrimientos pasados, ignorar aquello que nos hizo daño.
Pero es cierto, olvidar en exceso es una forma de negación. De no hacerse cargo de lo que nos disgustó, de lo que nos fue duro, de aquellos seres alguna vez queridos que no respondieron a nuestro afecto. De quienes traicionaron o se alejaron. También de aquellos a quienes no fuimos leales, y aquellos a quienes abandonamos en el camino.
Por cierto que las experiencias infantiles son de las que menos se olvidan, quizá porque se fijaron sobre una mente aún libre de huellas, porque todas partían del asombro inocente de descubrir el mundo por primera vez. Lo cierto es que en su remembranza suele encontrarse consuelo en momento duros, un poco de compañía cuando la soledad. La infancia –excepto, por cierto, la de aquellos que la sociedad margina– es una fuente imborrable de experiencias en las cuales la fulgurancia del sol no se opaca con el habitual contrapeso de las sombras.
Aprendimos a apelar a esos recuerdos, parecidos a los que nos asaltan cuando miramos viejas fotografías familiares, o la de nuestros antiguos compañeros de escuela. Y, por cierto, a seleccionar lo recordable, pues hay alguna sabiduría en no agitar en exceso la memoria de lo que nos hizo daño.
Es por eso que en el Martín Fierro bien se dice que “olvidar, también es tener memoria”. Y ese filósofo afilado que fue Nietzsche tronaba contra la memoria como expresión del resentimiento. Los muy frustrados recuerdan siempre los motivos de su propia frustración.
Vale, entonces, la pena recordar, pero solo aquello que nos ayude. Que no es solo las experiencias placenteras, sino también las de aquellos obstáculos que debiéramos aprender a no afrontar erróneamente, si ya alguna vez antes nos hemos golpeado con ellos. Pues, como bien se sabe, es el ser humano el único animal que choca varias veces con la misma piedra, como si cada ocasión fuese la primera.

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