Lorenzo Sartori · Por Lorenzo Sartori

Ancianos descartables

Diario Jornada | Martes, 18 de Setiembre de 2012 : 00:51

El maltrato hacia los ancianos es producto de una deformación cultural en la que, de una u otra manera, nuestros mayores son sentidos como un estorbo.

En nuestros países de la cultura occidental, tecnológica, donde lo que no es nuevo hay que tirarlo, lo mismo se hace con los ancianos. En el futuro de cada persona está esperándolo la vejez; es nuestro destino normal, aunque no lo queramos ver. Sin embargo, vivimos en una sociedad que considera a sus viejos como descartables.

La situación es cada vez más notable, ya que los ancianos son en la actualidad uno de los grupos más numerosos de marginados de la sociedad. Cuando la población total de un país se duplica, los mayores de sesenta años se triplican. Somos una sociedad que envejece y un problema que ya es serio en países como Japón, España e Italia. Los cambios y la disminución de facultades físicas, aunados a la exaltación de valores sociales, donde predomina lo joven y fuerte como lo valioso, provocan que las personas mayores sean ignoradas, desatendidas, discriminadas o maltratadas.

Envejecer, por lo tanto, equivale a un proceso inexorable que convierte a los ancianos en sujetos descartables. Pierden capacidad de adaptación, y por lo tanto dejan de ser útiles, funcionales, necesarios, deseables.

Para muchos de ellos en nuestro país la desvalorización forma parte de su vida cotidiana. Un estudio con ancianos que viven en Argentina se encontró con que un alto porcentaje –más del 70%– es objeto de malos tratos, que se manifiestan a través de insultos, falta de respeto, indiferencia y negligencia.

Y lo sorprendente es que muchos ancianos no tienen conciencia de que es así, ya que la violencia adquiere diferentes formas que se manifiestan de manera física, psicológica y económica, solo por mencionar algunas. Dentro del seno familiar se fomentan muchas de estas formas de maltrato, lo cual contribuye en gran medida al desprecio de los adultos mayores como individuos pertenecientes a una sociedad a la que aún tienen mucho que aportar.
La vejez tiene mala prensa en el mundo entero. Estudios académicos, notas periodísticas, ficciones literarias, describen o pronostican una sociedad cada vez más fóbica al paso del tiempo. Las eufemísticas “tercera” y “cuarta” edad se han convertido en sinónimos de enfermedad, decrepitud.

Los mayores fueron respetados y cuidados en todas las sociedades de la antigüedad y aún en buena parte del siglo XX. Ahora, son una molestia, frecuentemente costosa, un mueble viejo, pasado de moda y obsoleto, la gente no sabe en que parte de la casa ponerlo, olvidando que en su momento, también ellos envejecerán y se convertirán en víctimas de sus propios prejuicios.

El temor a la vejez hace que la ocultemos. Y para eso están los geriátricos, a veces necesarios por razones de salud, que brindan una atención del anciano imposible de lograr en el seno del hogar. Pero no siempre es así. A muchos, cuando empiezan a “incomodar” los meten dentro de esos lugares, algunos correctos y aceptables, pero muchos lamentables por su esquema carcelario, resignada y silenciosa antesala de la muerte, donde sumado a la depresión causada por el desarraigo, son moneda corriente el maltrato, los retos y las humillaciones.

Pese a la idea que se ha formado en el imaginario colectivo, nuestros mayores pueden seguir siendo los protagonistas de sus propias vidas. Pero hay que darles ese papel.

Se los ignora y por eso los hombres y las mujeres maduros se afanan hasta el ridículo por parecer jóvenes. Nadie quiere envejecer con dignidad. ¿Para qué habrían de hacerlo? ¿Quién quiere ser relegado, despreciado? Los familiares buscan distanciarse de las personas mayores que constituyen un retrato posible de ellos mismos en el futuro.

Esta es la más elocuente demostración del fracaso transitorio de la historia y persistirá hasta que nos demos cuenta de que la sabiduría no es precisamente un atributo de la juventud.

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