No se trata de crear robots que compitan con nosotros, que terminen reemplazándonos, sino que complementen nuestro trabajo.
La robótica es una rama de la tecnología, y es un instrumento importante en el desarrollo del ser humano. Además es esta la que actualmente sustituye al ser humano en tareas casi imposibles de realizar por él mismo, o en tareas demasiado monótonas y agotadoras como en un proceso industrial. Por esto también el uso, o la necesidad de la robótica en la vida humana se vuelven cada vez mayor con la evolución del hombre.
Y es aquí donde aparece el temor de que los robots algún día nos desplacen, nos dominen. Hoy vemos máquinas que nos aventajan en muchos aspectos –para eso las hemos creado– y sentimos que están compitiendo con nosotros. Una computadora puede hacer operaciones a velocidades increíbles, puede... sí, puede y vemos ahí a un competidor, y por qué no, a “alguien” que con capacidades que nosotros no tenemos y que puede terminar dominándonos.
Es cierto que algunas máquinas inteligentes permiten eliminar el trabajo del profesional. La Inteligencia Artificial está dando pasos agigantados para desarrollar un robot lo más parecido a un ser humano. Algunos prototipos ya se han creado con resultados “medianamente” aceptables. Como humanos que somos, tendemos a interpretarlo todo desde una dimensión humana.
Sin embargo, una de las principales dificultades que frenan a los investigadores y diseñadores de robots no se halla en la lógica, que por otra parte es una habilidad muy poco usada por algunas personas, sino en el sentido común. ¿Alguien puede imaginar que un robot sea capaz por sí mismo de efectuar juicios morales?
El sentido común o el menos común de todos los sentidos (también en el área robótica) se refiere a la posibilidad humana de valorar cada una de sus decisiones y potenciales respuestas en relación con su aplicabilidad objetiva y las posibles repercusiones morales y emocionales.
Mientras no existan computadoras que posean una lectura interpretativa de la complejidad del hombre, el ser humano será insustituible en la interpretación de las situaciones. Las computadoras tienen memoria, mientras que el ser humano tiene recuerdos. Ninguna máquina podrá interpretar las metáforas contenidas en los discursos de quien habla de su dolor o de su miedo. La máquina nada sabe de aquel que sufre.
Es cierto que un ordenador puede hacer en un segundo cálculos que cualquier ser humano, usando solo su mente necesitaría años. ¿Temor a la tecnología? Desde que el hombre es hombre existe la tecnología.
Un día uno de nosotros inventó la rueda. ¿A quién se le podría ocurrir que la rueda iba a someter a los humanos? Era una herramienta manejada por nosotros con el fin que nosotros queríamos darle. Si la dejamos ahí, sin usar, es algo inerte, inútil. Le falta lo más esencial, que es el hombre.
La tecnología siguió avanzando y hoy nos enfrentamos con robots, máquinas que realizan operaciones muy complejas en una fracción de segundo... Compiten con nosotros; es más, nos superan en muchos aspectos. Y ahí es donde nos surge el temor de que algún día lleguen a dominarnos. Nos confunde la apariencia y más hoy, que estamos fabricando robots cada vez más parecidos en su aspecto a un ser humano. Pero ninguna máquina puede rebelarse simplemente porque no ha sido programada para rebelarse. Y aunque así fuera, ¿para qué iba a hacerlo? Ninguna máquina puede rebelarse simplemente porque no ha sido programada para ello. Podemos insertarle ese programa, estamos en condiciones de adecuarlas para que nos dominen. Pero detrás tiene que haber un ser humano que las programó así. Todo lo que creamos puede ser usado para el bien o para el mal. Es al hombre al que hay que temerle, no a sus herramientas. Al que aprieta el gatillo, no a las balas.
Imaginar que una máquina tiene ansias de poder equivale a creer que pueden distinguir entre el bien y el mal, que tiene alma, que es humano, de metal, pero humano… salvo que pensemos que somos Dios.
En definitiva, por mucho que algún día las máquinas se programen solas, nosotros seguiremos teniendo trabajo.
Desembaracémonos de la ilusión óptica.
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