Los aviones no tripulados revolucionaron el modo en que EEUU hace la guerra. Y también cambiaron la vida de quienes las libran.
Hace algunos días buscando información sobre los gastos militares de los EEUU, encontramos detalles sobre el uso de un arma que si bien no es nueva, añade más horror a la crueldad de la guerra: los drones, aviones no tripulados destinados a destruir objetivos militares.
Son la última especie de la genética del horror: engendros de la guerra robótica que alguien lanza desde una cómoda oficina a distancia del peligro.
Estos aparatos se han estado usando desde hace años, inicialmente solo con fines de espionaje.
Pero poco a poco se han convertido en un arma principal en las guerras de este siglo: aviones dirigidos por control remoto por tripulantes que nunca dejan de tener los pies en la tierra, contra objetivos a 11.200 kilómetros de distancia sin más equipo que un mando, unas pantallas y un pedal, en un frente a miles de kilómetros de su silla acolchada en una ciudad cualquiera de Estados Unidos.
Los operadores no se inmutan. Dicen estar “felices” por el hecho de dirigir los drones desde un lugar seguro, en su propio país.
De una docena de pilotos, operadores y analistas aeronáuticos entrevistados, ninguno reconoció que la sangre causada por las bombas y los misiles les impidiera dormir. ¡Ninguno! ¿Una mutación insensible de la especie? ¿Inquietudes, mala conciencia, dudas, horror? Nada. Hay que pensar en positivo, siempre en positivo.
Además, los verdugos a distancia no sufren remordimientos, porque solo accionaron un software implacable. No ven la sangre de un bebé, no saben de entrañas a la vista. No oyen de cerca el sufrimiento…
El parte de bajas de los drones habla del elevado poder de exterminio que poseen, pero nada se dice del número de muertos civiles, como lo han señalado varias entidades que denuncian el nuevo modus operandi del Pentágono. Es el caso de The New America Foundation. Un experto que analizó esta nueva modalidad de matar, señala que “debido a que los drones se manipulan en territorios o en zonas donde los operadores no están familiarizados con el terreno, ello supone una gran pérdida material, aunque, ante todo, un gran número de pérdidas humanas”.
Pero este detalle poco parece importar. Se prioriza que una de las ventajas “es que el empleo de drones resulta mucho más económico que el uso de aeronaves tripuladas”.
La fuerza aérea cuenta con más de 1.300 pilotos de drones repartidos en 13 bases en Estados Unidos. Según fuentes militares, se necesitan por lo menos 300 más. El ejército entrena ya más pilotos para drones que para aviones tradicionales.
El Pentágono calcula que para 2015, la Fuerza Aérea deberá contar con 2.000 pilotos en total. Las tripulaciones de drones superaban anteriormente el entrenamiento para volar un avión de combate tradicional; a partir de 2012, los pilotos pasan unas “40 horas a bordo de un Cessna antes de aprender a manejar un drone”.
La mayoría de las misiones son en Afganistán, aunque las cifras no incluyen las misiones clasificadas de la CIA en Pakistán, Somalía y Yemen.
Como bien lo definió un analista, todo esto se puede resumir en una frase: “Matanza real en una guerra virtual... víctimas reales asesinos virtuales”. Así como estas imágenes, y realidades, se disocian y se alejan cada vez más uno de otras, el gatillo se vuelve joystick en una consola donde el que pierde se muere en serio y el que gana quiere pasar al siguiente nivel... Más sangre y más muertes.
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