Lorenzo Sartori · losartor@gmail.com

Fuera de control

Diario Jornada | Lunes, 30 de Julio de 2012 : 00:53

Vivimos en una época de cosas desaparecidas. Más que eso, de personas y cosas desaparecidas. Perdidas, extraviadas, robadas, idas, ausentes.

En esta época que nos toca vivir, no deja de sorprender que por fuera del íntimo universo del hogar haya cosas que están allí, presentes, permanentes, que nadie se ha llevado, robado o secuestrado.

En nuestras calles, hoy nada escapa al afán de los afanadores, los que quieren lucrar y los otros, los que sustraen, rompen o mutilan solo “por amor al arte”. Vándalos para ser más precisos, que actúan por otros motivos pero con resultados parecidos.

Para los primeros hay muchas cosas al alcance de la mano. Y si es de bronce mejor aún: cables de todo tipo, placas de profesionales, picaportes, estatuas o campanas. Pero tampoco le hacen asco a carteras, bolsos, celulares y mochilas, alambrados, autos, con o sin chofer... cajeros automáticos enteros… Casos hay para hacer una larga lista.

Solo para mencionar los más recientes recordemos el robo del sable, las riendas y las espuelas de la estatua del general Güemes en el barrio de Belgrano, de la Ciudad de Buenos Aires, frente al cual la respuesta no deja mucho lugar para la esperanza. “Es una situación habitual”, dijo el funcionario responsable del área, aludiendo a los reiterados casos que se van sucediendo casi a diario sin que aparezca una solución adecuada.

El panorama es más preocupante cuando se suma el vandalismo, actividad sin fines de lucro y poco halagüeña a la hora de analizarnos como sociedad.

En esta categoría entran hechos recientes, como el robo de la bandera argentina en la Plaza de la República a metros del Obelisco, la destrucción del histórico cucú en Carlos Paz, o la sustracción de la escultura de “El pensador” que estaba en la puerta del hotel Sheraton de Mendoza, abandonada luego en una parada de micros. Todo ello sin contar con los reiterados daños que se producen en las escuelas aquí y en todas partes.

¿Tendremos que acostumbrarnos a que todo esto que sucede continuamente en Mendoza y en todo el país, sea cual sea la causa, forme parte de nuestro folklore?

Y ya que hablamos de cosas que desaparecen, aunque no entre en la definición ortodoxa de robo o vandalismo, no podemos soslayar el tema de las monedas, un problema cotidiano sumido en el misterio porque nadie da explicaciones.

¿Dónde están las monedas? ¿Por qué desaparecen tanto? Hay quienes sostienen que la escasez se debe al mercado negro, a que hay quien las acapara para revenderlas a mayor precio, a que las funden porque valen más por el metal que por su valor nominal.

La situación genera otro fenómeno: hay personas que por temor a no recuperarlas, no las usan, las esconden, lo que a los fines prácticos equivale a echar leña al fuego.

Una de estas razones –o quizás todas juntas– confluyen en la escasez y se convierten en otro inconveniente a la hora de salir a la calle. Por ejemplo: ¿con qué cara pasamos en estas condiciones delante de un pordiosero? ¿Le damos los caramelos o las aspirinetas –ya prácticamente de curso legal–, el sahumerio que recibimos a cambio de monedas en algún comercio, o le pasamos diez pesos y le pedimos el vuelto?

Ni aunque el gobierno anuncie un día de estos un programa de “monedas para todos” se va a solucionar el problema.

Uno enfrenta el mundo que repasa en las páginas del diario, y se pregunta cómo es que todavía haya cosas que permanezcan. ¿Habrá que tener paciencia y esperar?

Sea cual sea el rumbo que tomen los acontecimientos, en conclusión, esta ruleta rusa que cotidianamente presiona nuestra sien a través de las cosas materiales, nos quita algo más valioso para cualquier ser humano. Nos roba la confianza en nuestro prójimo. Hay boqueteros que están agujereando y destruyendo nuestra sociedad.

Diario Jornada Mendoza
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