No sabemos si todo tiempo pasado fue mejor, pero sí, en algunos aspectos, más grande. Como las casas, amplias llenas de habitaciones, con grandes patios y hasta un zaguán que, casi, casi, tenía el tamaño de un monoambiente de hoy...
No olvidemos que en esos caserones convivían dos y hasta tres generaciones. Abuelos, hijos, tíos, nietos, cuñados… todos, en armonía, o no, pero todos.
El zaguán, preciosa palabra de origen árabe, y ya en vías de extinción, ha quedado relegada al habla de unos cuantos nostálgicos como yo.
Es un espacio olvidado para la arquitectura moderna, las casas que hoy se construyen ya no los tienen.
Zaguán, nombrado por tangos y milongas rememorando una vieja época de construcciones bajas y grandes puertas, de mates en las veredas y amistades con códigos.
¿Para qué servían los zaguanes? La respuesta es complicada, ya que esta dependencia remonta sus orígenes a los pueblos árabes, quienes más tarde lo introdujeron en España y desde allí vinieron a parar a la Argentina.
Es muy posible que desde aquellos lejanos tiempos hasta su aplicación en las casas argentinas, se haya desvirtuado un poco el uso de esta curiosa parte de las viviendas que a primera vista no cumplían ninguna función.
Sin embargo eran importantes, necesarios. Estos pasillos, desprovistos de muebles y de cualquier otro objeto, salvo alguna maceta olvidada, constituían el paso obligado de los moradores de una casa si querían entrar o salir, salvo que lo hicieran por la ventana, con las consiguientes molestias.
Pero no fueron un capricho arquitectónico como muchos creen. Los árabes, con sabiduría, los idearon como una suerte de paréntesis, de tregua, entre dos mundos: la calidez del hogar y las inclemencias del mundo. El zaguán era una suerte de amortiguador.
Los usos y las costumbres fueron modificando sus funciones, o en todo caso, ampliándolas.
En nuestro país, por ejemplo, cuando los novios aún no había sido oficializados y solo revestían en el grado de festejantes, su lugar era la puerta del zaguán. Allí dedicaban largos ratos, noche tras noche, a seducir el oído de la novia con trilladas zalamerías aún vigentes.
Con el tiempo, cuando el festejante adquiría más confianza, aprovechaba la complicidad de la mortecina luz de las calles para realizar in situ minuciosas recorridas manuales por la topografía de su futura propiedad, primeros acordes de futuras sinfonías de alcoba.
Claro que para ese entonces, las avezadas suegras, con esa intuición que la madre naturaleza les solía dar, empezaban a hacer frecuentes incursiones hacia el zaguán para ofrecer –oh insólita gentileza de quiénes serían luego sus peores enemigas– platitos con canapés y otras fruslerías gastronómicas.
El objetivo era claro: provocar el “manus interruptus”.
La etapa de los canapés duraba poco tiempo. A esa altura, los novios eran finalmente aceptados en la casa propiamente dicha y desde ese momento, ya podían visitar –eso sí, solo martes y jueves– el sacrosanto hogar de su futura esposa.
Era un avance y un retroceso para los novios, ya que desde entonces y hasta después de la boda, tenían que participar de tediosas charlas de familia, con las topográficas manos relegadas a sus propias rodillas.
Ahí terminaba la utilidad del zaguán para los novios.
Pero no para el resto de la familia, especialmente para los más pequeños de la casa.
En mi infancia fue una reserva ecológica, un lugar de escape, un túnel del miedo, un espacio para pensar, llorar, jugar.
En la adolescencia, un rincón especial de confesiones y amoríos escondidos. El lugar de encuentro entre amigos sin la presencia de adultos molestos.
Hoy es un recuerdo guardado en algún rincón de la nostalgia.
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