La eterna relación entre indicadores económicos y felicidad ya no forma parte del imaginario colectivo mundial como en otras épocas.
¿Podemos mensurar realmente la felicidad de un país? El intento de medir la felicidad no es nada simple, ya que la vida de las personas no siempre es triste o feliz, depende de cada momento y muchos factores temporales.
Sin embargo, actualmente hay países y organizaciones que están revolucionando la forma de medir el bienestar de las personas. Están midiendo la felicidad de las sociedades, dejando atrás las arcaicas fórmulas matemáticas que solo medían el bienestar en base a indicadores económicos. Durante los últimos años psicólogos, y economistas, han demostrado al mundo la importancia de medir la felicidad, como una manera insustituible de orientar las políticas públicas e incrementar el desarrollo de los países.
Es una revolución porque la felicidad comienza a dejar de ser vista como algo subjetivo, vago e individual. Una nueva generación de científicos, economistas, psicólogos y sociólogos han demostrado que la felicidad puede ser medida, entendida y evaluada a nivel de sociedades y naciones. La felicidad puede ser, por lo tanto, una política de Estado.
Para la economía tradicional resulta extremadamente complejo medir la felicidad, además de ser “absolutamente innecesario”. Para ellos, el ingreso per cápita es un excelente indicador del bienestar, y por lo tanto sería derrochar recursos tratar de medir una variable tan “subjetiva” como lo es la felicidad. Sin embargo, a través de diversos estudios la ciencia psicológica piensa algo completamente distinto. Confirman que si bien es cierto que personas con mayores ingresos reportan mayores niveles de felicidad, esto solo es válido para poblaciones extremadamente pobres.
Los cientistas sociales han logrado integrar disciplinas tales como la psicología y la economía, las que tradicionalmente se han visto como completamente opuestas. Han trabajado durante años para demostrar que la medición de la felicidad humana sí es posible, además de ser absolutamente necesaria.
Si bien las conclusiones a que han llegado distintos estudios tienen algunas diferencias, en general, marcan de alguna manera el mapa de la felicidad, que de ninguna manera coincide con el de la prosperidad económica. Varios países de Centroamérica y Latinoamérica están en los primeros lugares, como Costa Rica, Colombia, El Salvador y Panamá, inmediatamente detrás de las islas Fiji y Vanuatu, en el Pacífico sur.
Aunque ningún país se acerca mucho al ideal de 100 puntos ni ninguno tiene “sobresaliente”. Vanuatu, por ejemplo, tiene una expectativa de vida de solo 65 años, mientras que la de Colombia es de 72 años. Ambas sociedades quedan muy por detrás de Suiza, donde la expectativa de vida es de 80 años.
Pero aun así, colombianos y vanuatenses son más felices, o por lo menos se sienten más felices. ¿Acaso no es lo mismo?
Lo países industriales aparecen en los peores puestos. Como es de esperar, los que integran el G-8 no aparece entre los 50 primeros puestos.
Es que no todo se trata de dinero. En algunos países desarrollados como Estados Unidos, China y Japón la felicidad no solo no ha aumentado; al contrario, ha declinado junto con disminuciones en niveles de confianza social. EEUU, además, al igual que Dinamarca, Islandia, Irlanda y Suiza y Canadá, son también los países donde más suicidios se producen.
Los estudios que se han hecho recientemente muestran que los altos niveles de consumos de recursos no se traducen en felicidad. Una vez que las necesidades básicas humanas han sido satisfechas (alimentación, vivienda, etc), mayores niveles de ingreso no necesariamente llevan a mayores niveles de bienestar.
¿De qué sirve el crecimiento económico si esto no se ve reflejado en nuestra satisfacción con la vida? Difícil sería entender que la búsqueda de mayores ingresos sea un fin en sí mismo y no solo un objetivo instrumental.
En definitiva, la felicidad no puede ser medida por el dinero o por las transacciones en los mercados.
Crecimiento, ingreso per cápita, reducción de la pobreza, equilibrios macroeconómicos y otros... ¿Es esta la correcta y única manera de medir qué tan bien o qué tan mal lo está haciendo un determinado país? ¿Es el ingreso el objetivo último de los seres humanos? Obviamente que no.
Eso es cierto solo para quienes se pueden definir como materialistas, es decir, aquellos que buscan en sus vidas más recompensas externas (fama, dinero, imagen) que internas (salud, relaciones interpersonales, autodesarrollo, etc). Sin embargo, para la gran mayoría de las personas, el objetivo último, aunque a veces suene cursi decirlo, es la felicidad. Sí, ¡la felicidad!
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