Lorenzo Sartori · losartor@gmail.com

¿Pesimismo u optimismo?

Diario Jornada | Martes, 19 de Junio de 2012 : 10:30

Hay quienes ven el vaso medio lleno y otros consideran que está medio vacío. ¿Quién es más realista?

A juicio de mucha gente, uno de los peores enemigos del progreso (si excluimos a los fanáticos de toda índole y demás ralea) son simplemente los pesimistas, los agoreros. Y de esos podemos encontrar en todas las épocas y en todos los estamentos académicos o intelectuales.

Personas, en definitiva, para quienes “todo va muy mal, peor que nunca, estamos en el ocaso de la civilización, la sociedad se cae a pedazos”, etc.

En los tiempos que corren, uno cree que lo de ser pesimista es algo que viene aparejado con los últimos hechos históricos, sin duda luctuosos, que azotaron el mundo, como son Hiroshima, Chernobyl, Fukushima, o por problemas en curso como el calentamiento global, la contaminación ambiental y de las otras, las hambrunas por la mala distribución de la riqueza, la superpoblación, etc etc. El avance no siempre es bueno, puede crear monstruos. Es cierto, hay riesgos graves para la humanidad, algunos en ciernes y otros en curso que deberíamos afrontar sin más dilaciones. De eso nadie tiene dudas.

Pero el tema no pasa por ahí, sino por la actitud que adoptamos ante la realidad. Ver el vaso de agua medio vacío es una visión que siempre ha existido, en todas las épocas de la historia, y se repite maquinalmente, no importa si el mundo no está tan mal o incluso, produzca cada vez más beneficios que perjuicios.

Por ejemplo, en la antigua Grecia ya los intelectuales de la época tendían a considerar que la juventud estaba descarrilada, que las nuevas generaciones no tenían futuro, al mejor estilo de algunos analistas del siglo XXI. O como dijo un destacado economista: “Rara vez pasan cinco años sin que se publique un libro que pretenda demostrar que la riqueza de la nación está decayendo rápidamente, que el número de habitantes del país está disminuyendo, la agricultura está siendo abandonada, la manufactura va en decadencia y el comercio está deshecho”.

Esta actitud ante la vida es compatible con muchos porque alimenta nuestra natural tendencia a desconfiar de lo nuevo, de los avances de cualquier tipo. Los ancianos olvidan con frecuencia que los males que hoy en día denunciamos acostumbraban a ser iguales o peores cuando eran jóvenes.

El pesimismo es una extraña forma de aliviar la propia angustia ideando situaciones que en el fondo se espera que no sucedan ¿Es malo ser así? La manera de interpretar el mundo debe ser optimista?

El optimismo excesivo distorsiona la realidad igual que el pesimista pero en sentido inverso. Es que a veces, los optimistas son mucho peores y más nocivos. Terminan por creerse sus autoengaños. Algunos de los seres más dañinos de la Historia han sido optimistas. ¿Recuerda usted a Adolf Hitler?

Dicho de otra manera, el pesimismo reduce las posibilidades de éxito pero simultánea e inevitablemente también reduce el riesgo de fracaso.

Algunos logros no se habrían conseguido sin el optimismo de sus hacedores, y sin él, tampoco se habrían cosechado grandes fracasos.

Optimismo y pesimismo por lo tanto, son necesarios a la sociedad para explorar los límites de lo posible y a veces el optimista debe sacrificarse a cambio de la posibilidad de encontrar un oasis en el desierto, aunque en la mayoría de los casos muera deshidratado sobre la arena. El pesimista siempre se mantiene en el límite de lo seguro, aunque eso le suponga renunciar a posibles mejoras: no es posible actuar si no se tiene la esperanza de que todo puede salir bien.

Ni los optimistas ni los pesimistas en extremo, van a cambiar nada, unos están muy ocupados en ser felices como para ver el caos que les rodea, y los otros muy deprimidos como para querer actuar.

Por lo tanto, la combinación de individuos optimistas, pesimistas y “realistas” optimiza a los grupos humanos y les permite explorar las fronteras de lo posible, más allá de los límites de lo probable. Si el mundo funciona así, no hay temerle ni a unos ni a otros.

Lo realmente peligroso es cuando no se ve ni el vaso medio lleno, ni medio vacío. Lo peor, lo grave, lo patético, es verlo con indiferencia.

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