Lorenzo Sartori · losartor@gmail.com

Guerra nocturna

Diario Jornada | Lunes, 23 de Enero de 2012 : 00:07

A varios les habrá pasado que una noche de verano se fueron a dormir y descubrieron aterrorizados que no tenían espirales, repelente o tabletas eléctricas contra el peor enemigo del sueño: el mosquito.

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El mosquito es ese invisible e insaciable ser que viene dispuesto a cenar sin ser invitado... y tarde para colmo, ignorando que uno debe levantarse temprano, que tiene obligaciones laborales, asuntos que atender. ¿Acaso le importa a este insecto?

Y no solo eso, ya que invade tu propiedad privada, te convierte en dador de sangre involuntario y altera tu descanso aprovechando el momento del día en que estas más expuesto: en la noche, con poca ropa y tratando de dormir. ¡Es injusto!

Lo peor no es cuando lo pican a uno –casi no se siente– sino el suspenso que comienza cuando el zumbido fatal rompe con el sosiego y nos pone tensos, expectantes, nerviosos a punto tal que son capaces de hacerle perder los estribos al más pintado.

Y es entonces cuando te ves obligado a dar pelea con lo que hay a mano. Precisamente la mano es la primera arma que esgrimimos, en plena oscuridad y con tácticas imperdonables hasta para el menos sagaz de los estrategas militares: dándose cachetadas a uno mismo.
Pero esas –salvo que uno tenga mucho sueño– son apenas las primeras escaramuzas. Es que los manotazos que nos damos tienen el doble efecto de terminar de despertarnos y además, de enfurecernos.

Es ahí cuando se desarrolla la verdadera batalla, cuando nuestros peores instintos nos hacen saltar de la cama, encender todas las luces y arremeter… contra un enemigo que no se ve.
Y menos si uno padece de presbicia, ya que en ese caso hay que acercarse tanto para ver al mosquito que este obviamente opta por cambiar de trinchera.

Comienza ahí una tragicómica coreografía (lo de trágico, por la hora y lo de cómico es obvio) que alcanza su punto culminante cuando con un PAF que resuena en el silencio nocturnal estampa una chancleta en el preciso lugar donde hace una milésima de segundo había un mosquito.

Lo peor no es eso sino que cebados por las ansias de matar, proseguimos un furibundo safari, enceguecidos y poniendo en riesgo veladores, despertadores e incluso la integridad física del respectivo cónyuge, el tercer integrante del staff.

¿Y todo para qué, si en el 99 por ciento de los casos no logramos poner fin a la vida de nuestro minúsculo enemigo y este además, sádicamente se da el lujo de acercarse para susurrarnos al oído: “Zzzzzzzzzzafé”?

En realidad damos batalla a un ser del que si conociéramos sus hábitos podríamos enfrentarlo con más posibilidades de triunfar.

Por ejemplo, afirman los especialistas que este insecto se guía por el calor de nuestro cuerpo, cuya temperatura, para peor, va en aumento a medida que se desarrolla el combate.
Por eso los entendidos aconsejan darse una ducha helada cada cinco minutos más o menos. De esa manera, las posibilidades de que lo piquen a uno se reducen en un 80 por ciento, según estudios hechos por prestigiosos entomólogos.

Una creencia popular indica que algunos desodorantes en aerosol los repelen. Pero hay que tener cuidado porque, según dicen, ciertas fragancias los atraen tanto que pueden terminar enamorándose de uno, con lo cual la situación ya adopta características de telenovela.
También se afirma por ahí que es útil pasarse un algodón con alcohol por todo el cuerpo. No está claro que papel juega el alcohol. Por nuestra parte nos inclinamos a suponer que la idea es emborracharlos. De esa manera pierden el control, ven doble y si uno tiene suerte, pican al que no existe.

En definitiva, es cierto que los mosquitos son molestos, que nos hacen perder el sueño y todo lo demás. Pero si dejamos de lado la ira y tratamos de ver las cosas desde el punto de vista del mosquito, pensemos que nosotros somos su único plato del día y que al fin y al cabo por unos pocos miserables glóbulos rojos no vamos a ser ni más ricos ni más pobres.

No seamos como el perro del hortelano: comamos y dejemos comer… o compremos un repelente. Es más humano y menos desgastante.

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