Emilio Vera Da Souza · Por Emilio Vera Da Souza

Nadería

Diario Jornada | Jueves, 4 de Octubre de 2012 : 08:27

Desde hace casi un montón de lapso de tiempo, que escucho, sin solución de continuidad, a muchas varias personas hablar como si nada. Con palabras que suman al vacío de la cosa, como si nunca antes, como todo.

Pero no alcanzo a comprender porqué hasta los habladores profesionales, o sea los locutores, los periodistas, los conductores de programas de radio y televisión, los profesores, los diputados, los senadores, los concejales y los que aconsejan, simultáneamente y casi sin descanso, utilizan las palabras sin importar el significado ni para qué, ni cómo, ni cuánto. Así nomás, parece que sí aunque no tanto, los que suelen cuidar o deben cuidar de las palabras, no se ocupan con especial interés, ni se toman el trabajo de hacer lo que deberían o lo que podrían. Pero, bueno. Nada.

Algunos por abusos, otros por poco saber, otros por poco entender, la mayoría no se preocupa por hacer saber el contenido, el uso y las definiciones de las palabras ni con qué herramientas se pueden trabajar. Entonces, en lugar de nada, da lo mismo todo.

Simplemente, desde este medio, desde estas páginas tan fatigadas, pensamos en advertir que el contenido y la forma no son lo mismo, dependiendo de quien lo escriba, de quien lo diga. No es lo mismo decir algo como que nada o decir nada como que todo. No es igual, pero… siempre aparece el “pero” salvador que invalida toda argumentación anterior. Si alguien dice “yo te quiero, pero…” no debe querer mucho. Si alguien dice “ya terminé el trabajo, pero…”, espere sentado que le falta un buen rato. Cuando un periodista pregunta a su entrevistado “¿cómo anda la cosa?” no es muy preciso que digamos. Pero, cuando el entrevistado responde “bien, eso, bueno, nada”, es clarísimo que lo que quiere decir es eso: nada.

Hay personas que no tienen nada para decir y está bien que lo aclaren. No hace falta para eso concurrir a un programa de televisión, o participar de un espacio de radio o hacerles perder el tiempo a los periodistas. Simplemente con decir que no saben nada o no quieren decir nada, pero desde el inicio de la invitación a hablar, alcanza.

Muchas veces nos encontramos desganados, con el ánimo como caído, con la frente marchita, con la sonrisa ausente. Igual debemos ser responsables por lo que digamos o por lo que no digamos. Lo que no podemos excusar, lo que nos deja sin argumento, es la intención concreta de no decir tergiversando las palabras, mal usando sus intenciones, transfugando su esencia.

La cosa está cantada. La cosa está dicha. Se puede escribir sin decir nada y se puede hablar sin decir nada. El problema es que el que escucha o el que lee está convencido de que le están diciendo algo o le quieren hacer saber alguna cosa. Y el resultado es la nada, lo etéreo, lo epitelial, lo vacío, lo fútil, lo vano.

Es preferible la contundencia de lo que tiene argumento aunque nos resulte contradictorio, a la insipidez de lo que parece solo escenográfico, sin ningún sustento por detrás. Es preferible el yogur espeso a cualquier versión descremada y fofa. Las palabras también tienen cuerpo. Y siempre son mejores las que tienen mucho relleno y sustancia a las que son así, como vacías, como desabridas, como sosas, como si no dijeran nada.

Eso es, más o menos, lo que está planteado. Sin más esperanza de que lo que digamos sea algo más que algo. Una cosa grande. O todo. O nada.

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