Emilio Vera Da Souza · Por Emilio Vera Da Souza

Lito

Diario Jornada | Miercoles, 15 de Agosto de 2012 : 00:18

Muchas veces hemos hablado sobre personas, personajes, tipos y mujeres destacados. Muchas veces, hemos descrito sus cualidades, sus artes y sus oficios, solamente con el fin de que aquellas personas que nos resultan interesantes sean también conocidas por ustedes.

 Hemos hablado de escritores, de poetas, de humoristas, de jueces, de médicos, de fotógrafos, de empresarios, de artistas, de periodistas, de criminales, de apasionados, de académicos, de pensadores, de locos, de psicólogas, de embajadores, de mujeres, de políticos y varios etcéteras.

En todas las ocasiones me da la sensación de que me quedan algunos y algunas afuera. Que me falta espacio para hablar de quienes aprecio. Que nunca hay tanto lugar para los necesarios. Entonces hoy voy a contarles de esta persona o personaje.

Le dicen Lito. Todos los que lo conocen le dicen Lito. Pocos saben que se llama Luis. Luis Martínez.
Yo lo conozco hace mucho, pero cada vez que lo encuentro y hablo un poco con él, sé más de sus historias, de sus vivencias.
El Lito es un tipo común, de esos que uno ve por allí a montones; pero este amigo mío se destaca entre todos. Se destaca porque lleva los fuegos con él. Desde siempre.
Trabajó en la fábrica de envases de vidrio más grande de por acá. Una industria fundamental para el desarrollo de las bodegas. El Lito era encargado de los hornos para fundir el vidrio. Y tenía siempre control sobre el fuego.
El Lito se casó con Hilda y juntos tuvieron y criaron a sus dos hijos, a los que les pusieron sus nombres como escudo, para que supieran de dónde venían. El Luisito y la Gringa, crecieron junto a los fuegos del hogar que alimentaba el Lito y cuidaba Hilda, en la casa de siempre, allí por la cuarta esquina de la calle Mitre de Maipú.
El Lito siempre que tenía algún inconveniente de salud terminaba en el quirófano. Tiene una operación para cada dolencia padecida. Inclusive, pienso yo que lo han operado de cosas que ni él mismo sabe.
Hace varios años que Lito dejó la tarea de los hornos de la fábrica de vidrio para acogerse a los beneficios de la jubilación. Entonces desde que es jubilado se dedica exclusivamente a los fuegos de las parrillas. Allí donde hace falta un asador, convocan al Lito. Y todos los que prueban sus manjares a las brasas o al fuego, no pueden olvidar esos sabores.

El Lito es un hombre sencillo, simple, sin rebusques. Goza del placer de ver cómo gozan con sus comidas sus comensales. Ese es su mayo placer. Y su familia, sus hijos y sus nietas. El Lito es un tipo que de tanto verlo, pasa desapercibido. Pero cuando uno lo descubre, jamás vuelve a ser el mismo. Todos saben de su gran corazón y de sus compromisos afectivos. Un hombre solidario. Concretamente solidario. Por estos días cumple años su hija la Gringa, que siempre tiene fiesta y regalos especiales, como ella.

El Lito anda con su bicicleta por las calles de Maipú, con su caja de herramientas, llena de enseres y cuchillos y envases para sus condimentos y piedras de afilar y otros objetos misteriosos. Tiene un molinillo de pimienta único en el mundo. Yo se lo deseo cada vez que lo veo usarlo.

Si yo fuera intendente o concejal o legislador, ya lo hubiese nombrado ciudadano ilustre. Pero como no soy, solo escribo estas palabras para todos sepan que el Lito existe. Y si no existiera habría que inventarlo, diría otro que también lo conoce. Aunque debo decir que tiene un defecto este hombre. Nunca pero nunca me quiere decir cómo prepara ese menjunje que le pone al pollo antes de sacarlo de la parrilla para cortarlo y servirlo.
Un egoísta el Lito.
Un tipo único.

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