Cuando los mendocinos van por los rincones del mundo, son invitados por quienes andan por allí, para hablar de vinos, son convidados a saborear vinos, a catar algunos, a opinar sobre otros.
Algunas veces cuando toca compartir en un restaurant, a los oriundos de Mendoza les piden que elijan el vino y muchas veces también son puestos en el papel de expertos en temas vinícolas (¡qué palabra!) y enológicos para que hablen del contenido de la botella seleccionada, de sus propiedades, del lugar donde se elabora, de las vides y del paisaje donde se encuentran los cultivos. Entonces, es allí precisamente, en ese momento, cuando nos viene esa imparable necesidad de saber algo y si no, estamos obligados a improvisar, a salir del paso con algunos datos que guardamos desordenadamente en la memoria, con lo que escuchamos ocasionalmente por allí pero sin saber si lo que reproducimos es verdadero o falso. No sabemos si los datos que tenemos fueron recopilados por un experto o por un chanta. O si lo que pensamos que sabemos del vino, su industria, su elaboración y sus etcéteras, son verdades o mentiras lisas y llanas. Y el temor nos invade. Y podemos hacer un papelón por no saber, o meter la pata por pensar que sabemos, o hacer el ridículo por imaginar que somos expertos, o callarnos y pasar, en el mejor de los casos, por vergonzosos o mudos. Nos pasan estas cosas, algunas veces cuando andamos de viaje, sólo por ser mendocinos.
Sabemos que el tinto se sirve a temperatura ambiente. Lo que no sabemos es de cuál ambiente, a cuantos grados, si ese ambiente es la cocina de una pizzería o el sótano de la casa del Coco Tahan. En todos los casos seguro que la temperatura será variable. O sea, no sabemos a qué temperatura. Nos dicen que tengamos cuidado con el tapón al descorchar un espumante. Pero a nosotros nos gusta augurar casamientos a posibles enamorados, entonces lo hacemos volar por el aire y tratamos de apuntar a la tía Margarita, que tiene muchos años para novia y pocas posibilidades de maridaje.
Pensamos que los vinos blancos son para el pescado y los mariscos, o que son mejores si vienen de San Juan o de Salta y entonces por descarte, las carnes van con los tintos y así con ese concepto, ya que en estas tierras sin costas, tenemos pocos productos de mar, casi nunca probamos blancos, casi siempre tomamos tintos. Todo un universo inexplorado.
No sabemos si las notas de pimienta, o los olores a frutos rojos, o los sabores a cueros, o las posibles reminiscencias a clavo de olor, se deben a que cerca de la bodega hay un establo, se le cayó el pimentero al enólogo cuando estaba mezclando los líquidos de distintos recipientes o cerca de la viña del Quito había una planta de moras. Ni idea entonces de donde le vienen los gustos a los vinos y mucho menos, cómo se llaman.
No sabemos si un vino hay que guardarlo cinco días o hasta que se case la nena. Entonces dejamos para el brindis dentro de unas décadas a vinos que fueron envasados para ser tomados en forma urgente. Y llevamos al asado de los viernes con los amigos un Bressia Conjuro al que los más cuidadosos le ponen dos hielos y otros mitad y mitad con soda. O al Luiggi Bosca se lo toman del pico, si hace calor, como si fuera una cerveza del kiosco de la esquina.
Todo esto nos pasa por no tomarnos la cosa en serio… y por ser mendocinos. ¿A los chaqueños que andan por el mundo, les pedirán consejos sobre el quebracho colorado para hacer peldaños? ¿O a los tucumanos los invitarán a opinar sobre el azúcar en cada cafetín de las ciudades a las que van de turistas? ¿Los neuquinos hablarán de dinosaurios cada vez que son consultados? ¿Y los de la pampa húmeda, sabrán distinguir una vaca de un ternero a la hora de acercarse el almuerzo? ¿Serán especialistas en cueros, sojas o cuanto grano cultiven por su zona? Difícil que el chancho chifle…
Lo mejor sería aprender de los que saben para servir un buen vino. Aprender cómo elegirlo, cómo abrirlo. Tener algunas opiniones o datos que sean confiables. Pero lo mejor de todo sería llamarse a silencio frente a la propia ignorancia y disculparse invitando a los comensales a un brindis sólo con motivo de tener el privilegio de poder tomar un vino en buena compañía.
Buen provecho y buenas tardes.
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