Emilio Vera Da Souza · Emilio Vera Da Souza

Térmica

Diario Jornada | Jueves, 5 de Julio de 2012 : 09:06

Para estas fechas –ya todos lo saben– en estas latitudes, como todos los años, acontece algo que siempre es lo mismo, pero nos agarra como de sorpresa.

Siempre, indefectiblemente, sin nada que lo haga retroceder, sin atenuantes, sin prisa pero sin pausa, nos llega el invierno. Y a pesar de que todos los habitantes de estas tierras tan sureñas lo saben, parecen siempre sorprenderse por el frío. Todos conocen que estas tierras son altas. Todos pueden ver que viven en lugares tan cercanos a las montañas o en la montaña misma. La mayoría de los poblados están en zonas despojadas de resguardo geográfico que amaine las temperaturas mínimas. Sin embargo todos se quejan de la llegada del invierno, como si fuera algo inesperado, algo catastrófico, un acontecimiento impredecible y complicado. Muchos también comienzan a reproducir frases hechas, pero tan hechas, que todos los años llegan junto al invierno: “Desde hace como 32 años que no nieva en la ciudad”, “es por el ‘calientamiento’ global”, “por el agujero de ozono”, “por la corriente del Ñiño”, y últimamente también se le agrega “es culpa de este gobierno”.
Pero, señoras y señores, siempre pero siempre en este hemisferio luego del 21 de junio llega el invierno. Y con esta llegada, más afín al calendario que al recuerdo de las gentes, llegan los problemas y los beneficios de esta estación con tan mala prensa.
Comienzan los fríos invernales y con ello se inician también los mayores gastos de gas y energía eléctrica, ropa de temporada, bufandas, gorros y guantes. Las medias hasta la rodilla son imprescindibles y las botas en las mujeres pasan a ser un artículo de primerísima necesidad. Sigue la lista: refrigerante para radiadores, bolsa de agua caliente, termo para el mate, café de filtro, frazadas, ponchos, leña para la salamandra, camisetas para dormir, alfombras para bajar de la cama, chancletas para ir al baño. Toda esta burocracia invernal, por supuesto y como es ya sabido por todos también, requiere de algunos gastos extra. Y siempre, indefectiblemente, sale más caro que el invierno anterior. ¿Culpa de quién? Todos también saben la respuesta.
Hay cosas que en invierno son gratis pero igual de molestas. Si vive en una casa compartida, la imposibilidad de andar por afuera hace que inexorablemente tenga que pasar más tiempo con su propia suegra, con el que se sienta en el escritorio de enfrente en la oficina y se limpia la nariz cada vez más seguido y cada vez más estentóreamente, con el desagradable de su cuñado que solo aparece a la hora de comer y con el Boby que no hay manera de que se quede en el patio.
También pasan cosas desagradables si vive solo: poniendo la estufa tiro balanceado que nadie sabe por qué tiene tiros y mucho menos quién se ha tomado el trabajo de balancearlo, poniendo el calentador de querosén que ninguna estación de servicio ni corralón vende, poniendo la estufa a cuarzo que consume más que un Chevrolet 57 y abriendo la ducha al mango, la casa se comienza a calentar más o menos a fines de setiembre. Si vive solo nadie quiere venir de visita; cocinar un huevo frito puede demandarnos unas tres horas, y cuando uno ingresa a las soledades interminables de las sábanas aplastadas por unas 47 cobijas, esas estepas blancas de algodón son más frías que la Siberia soviética.
Pero tiene su lado bueno también el desprestigiado invierno: los amigos andan más juntos, las conversaciones son más contundentes, los espacios con la gente querida, más buscados.
En cuanto a comidas, los guisos son los preferidos: las lentejas bien espesas, la polenta con queso y boloñesa, la carne al Malbec con verduras asadas, el cordero al horno con papas al romero, el arroz con pollo, la carbonada, la humita, el pastel de papa y los pucheros, son el placer necesario para recuperar el calor perdido. Todas estas comidas, más alguna otra que se escapa de la carta, son siempre requeridas para acompañar un abrigado vino tinto, duro, espeso, bien cargado de astringencias tánicas, de colores rojos tirando al violeta, a temperatura ambiente. Y para los postres: algunos dulces con frutas secas, acompañados de café negro con una copita de algún vino tardío, una grapa, un whisky irlandés o un coñac estilo francés.
Pero lo mejor, lo más mejor del invierno, como dice mi querido y extrañado amigo Pancho Márquez, es decretar “temporada de cucharita” y pasar la siesta con la compañía que más nos acalora. Lo mejor de la estación.
  

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