No hay mucho de irlandeses en Mendoza y eso se entiende. Los que vienen de esas islas aman los mares bravos, y es sabido que por aquí cerca son escasos.
Salvo algún monumento al almirante Guillermo Brown, originalmente llamado William, algunos pubs y lugares de expendio de cervezas y whiskys, y algún turista más dado a la extravagancia que a las aventuras, pocos irlandeses andan por esta mediterránea geografía.
Sin embargo hay historias de irlandeses que nos atraviesan cada tanto, aunque no sepamos de dónde nos vienen.
Mi amigo y fotoperiodista –a quien poco veo por la lejanía– Esteban Mac Allister es un memorioso y buen contador de historias. A él me remito para que ustedes tengan también ese placer. Aquí va entonces, una historia con irlandeses.
Los Mac Allister descienden de Allister Mör Mc Gregor, que en el año 1150 se cansó del trato del dueño de la isla escocesa de Kintyre en el mar de Irlanda y cruzó el mar para instalarse en las costas irlandesas como pescadores. Para el año 1600 tenían tierras en la costa y en las montañas, eran católicos y frenaron a George The Orange tatarabuelo de los reyes protestantes de Holanda, en un río conocido ahora como Mc Allister porque se tiñó de rojo con la sangre de la familia en una cruenta batalla. Esa batalla frenó el avance de los protestantes y es recordada con fiestas bien regadas con alcohol y eso mismo hace que se agrande el triunfo. Cerca del año 1200 los Mac Allister fueron a luchar a Escocia junto a los hombres de William Wallace, el mismo de “Corazón valiente”… Cuando se armaba algún asunto para pelear contra ingleses, los Mac Allister se anotaban. Como buenos hijos de Irlanda, donde había una batalla por la libertad estaban presentes.
Los irlandeses venían para quedarse a la Argentina, ya que no tenían posibilidades de regreso, ni tampoco mucho por qué regresar.
Hay tres corrientes de inmigrantes irlandeses a Argentina: la primera antes de 1800. Entonces vinieron irlandeses que habían intentado una revolución burguesa y fueron expulsados por los ingleses hacia España, y como eran católicos los españoles los dejaron viajar a las colonias. Los O’Gorman por ejemplo vienen de allí, el abuelo de Camila y también los O’Donnell que se afincaron en Tucumán.
Los que llegaron en esa época, cuenta Mac Allister, trajeron sacerdotes palotinos, y por medio de los curas comenzaron a llegar los irlandeses a trabajar en los campos que estaban en la frontera con los indios. Llegaban por la enfermedad de la papa y la hambruna que se había producido por ese motivo entre 1860 y 1870. A diferencia de los armenios y judíos que se organizaron desde lo social, lo laboral y lo cultural, a los irlandeses se les daba mejor organizarse cerca de los bares. El abuelo Mac Allister, por ejemplo, fundó varias sociedades y clubes y colegios.
Con el tiempo los irlandeses se afincaron en las ciudades cerca de los puertos y otros, los que tenían oficios de campo, en las provincias. Entre ellos había ciertas rivalidades. Un insulto conocido en esa comunidad era tratarse de irlandés del campo (como sinónimo de bruto) o de la ciudad (como refinado, o cajetilla, o sencillamente inglés).
Unos 70 prisioneros irlandeses desmantelaron y tiraron al río los cañones de los barcos de la segunda invasión inglesa y por eso no pudieron cañonear la ciudad. El Cabildo los premió con tierras que perdieron bebiendo en los bares porteños.
Como dijimos, el Almirante Brown que ayudó a San Martín era irlandés y el mismo O’Higgins también tenía su origen en las frías islas. Rodolfo Walsh era un irlandés militante de su historia; María Elena Walsh provenía de allí también; Los Lynch, conocidos abuelos del “Che”; los Güemes, apellido deformado por algún pícaro escriba: originalmente era Guinness, como la famosa cerveza.
Salvo casos aislados, los irlandeses no se preocuparon como comunidad del destino de sus miembros durante los años duros de la dictadura, hasta que mataron a los curas palotinos.
Una receta que pasa Esteban es bien recomendable para el invierno que se avecina. Café irlandés: se calienta whisky y se le agrega una cucharada de café instantáneo, dos de crema. “Después no hay frío que te asuste”… La calidad del café no importa: nadie se da cuenta.
Brindo entonces por esta historia con un buen whisky irlandés, con una cerveza, con mis amigos, y por la pronta visita de un Mac Allister auténtico, que vendrá a contarnos estos y otros mejores relatos.
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