Raúl Silanes | Columnista
Lectores
13:59 | Saul Bellow (1915-2005) fue un escritor
estadounidense que nació en Canadá,
pero vivió desde pequeño en Estados
Unidos. Galardonado con el Premio Nobel de
Literatura en 1976, es un verdadero maestro
de la melancolía cómica.
Podemos decir: se trata del último novelista serio, capaz de escribir la palabra “alma”, sin dejar que se le escapara una carcajada. En 1991 declaró lo siguiente: “En mi juventud la literatura formaba parte integrante de la vida cotidiana. Se absorbía, se asimilaba en el organismo, como la comida diaria. No se era especialmente conocedor o amante de la literatura. Todo lo contrario, se trataba de algo natural, en la escuela y en el hogar. Con la literatura uno daba forma a su vida, era algo que se ingería, para formar parte de la propia sustancia, como la vitamina C, constituyendo así una senda de liberación, para poder desarrollar a pleno nuestras potencialidades. El ambiente de entusiasmo y amor por la literatura, tan ampliamente extendido en los años de mi juventud, empezó a desaparecer en el decenio de los años cincuenta”. Bellow no habla de un lector común, habla de lo que él mismo llamó “lector vampiro”. ¿Qué es un lector vampiro? Bellow lo explica muy bien: no es quien lee para pasar el rato o para divertirse, ni siquiera para hacerse el sabio; pero el lector vampiro lee para sobrevivir. En otras palabras, el lector vampiro no lee libros: los apalea, los subraya, les arranca las entrañas, descifra su arquitectura, les chupa la sangre, las roba el alma. No quiere leer libros, quiere “ser” los libros que lee. Quiere que los libros que lee pasen a formar parte de su propia sustancia, como son parte del cuerpo los huesos o los músculos. Yo he leído así, en mi juventud, y por eso lo entiendo. Ver a un lector vampiro en el acto de leer es como espiar al carnicero cuando despedaza a las vacas colgadas de su negocio: por eso leen a escondidas, sin testigos, como todo acto íntimo. Devora hasta las vísceras de los libros, porque lee en el fondo para salvarse. Yo contraje esta “anormalidad” a mis ocho o nueve años, cuando leía las “Vidas ejemplares” (unas historietas impresas por los jesuitas) de los supuestos hombres santos. Obviamente, luego leí escritos mejores que esos, pero el mal ya estaba hecho: cuando uno le chupa la sangre a las letras, a los libros, de ahí en más sólo quiere beber ese tipo de sangre por el resto de su vida, en cualquier circunstancia. Hoy por el contrario, muchos se precian y hasta vanaglorian de no leer, de leer poco, de mirar sólo las contratapas de los libros o las solapas, para ver la foto del autor. Muchos creen que nos entregamos a la literatura de esta forma, porque no podíamos entregarnos a las cosas importantes (no se rían) –la política, el deporte, la violencia– y también, según ellos, creíamos que la literatura nos serviría para ser mejores, pero seguimos leyendo, empeorando cada día (según ellos). La literatura todavía importa, aunque no en los ámbitos educativos (no tienen tiempo ni presupuesto, para alentar la lectura). Hay por ahí todavía algunos lectores vampiros, capaces de hundirse enteros en el océano de una frase o jugarse la vida metidos en una página, porque sienten que allí habita el mejor modo de enriquecer esta realidad berreta que nos rodea, con la realidad maravillosa de la ficción, más intensa y mucho más real. Todavía veo en los autobuses personas leyendo un libro; o en algún rincón a la hora de almuerzo; las veo sorbiendo sangre de libros, seguras como todo el mundo de que no se salvarán, pero dispuestas a vender caro su pellejo, aunque se les escape de vez en cuando una risa, una lágrima, en su mutismo lector, un atisbo de que al leer están haciendo algo incomparable, viviendo una vida que han elegido vivir, nutriéndose de lo que necesitan, como otros se nutren de joderle la vida a los demás. Déjenlos leer tranquilos: ya es demasiado con que los libros sean tan caros.
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