Roberto Suarez | Columnista
Sasturain, Tomás y el Negro Thompson
13:46 | Este verano ha sido duro. Mucho calor y mucho
trabajo para los que aún no nos tomamos vacaciones,
sobre todo en nuestro oficio de periodistas,
ya que enero fue calentito en información.
Hace unos días que quiero escribir sobre dos hechos que me conmovieron, pero no tuve espacio para colocar mi columna. Los grandes columnistas de Jornada Braceli, Víctor Hugo, Raúl Silanes, Follari, Vera Da Souza y Levinsky no me dejaban espacio. Hoy lo tengo pero llegué tarde. De lo que quería escribir ya lo hizo en la contratapa de Página/12 el lunes pasado ese extraordinario contador de historias que es Juan Sasturain. Expresa en su columna lo que yo sentía sobre el tema, las muertes de dos grandes personajes: Tomás Eloy Martínez, el gran maestro del periodismo argentino y latinoamericano, y Luis Federico Thompson, uno de los más grandes boxeadores de la rica historia de este deporte en la Argentina. Los dos personajes me han marcado en mi carrera periodística, y puedo decir que en el libro que publiqué a fines del 2008, “Crónicas de guantes”, ocupa un lugar preponderante la referencia al “Negro” Thompson, quien fue el primer púgil que logró un triunfo internacional en el mítico Luna Park. Y también que el libro que presenté hace tres meses, “Crónicas de Alfonso”, sobre Raúl Alfonsín, fue motivado en una nota que leí en El País de Madrid, de Tomas Eloy Martínez, y que al comentarla muchos amigos no la habían leído. Ahí se me ocurrió editar esa obra con una antología o recopilación de todo lo que se escribió sobre el presidente fallecido en el 2009. Por eso para mí también era tan importante ocuparme de las desapariciones de Tomás y el Negro. Pero lo ha hecho tan bien Juan que les dejo parte de su escrito en Página: “En estos días –la semana pasada, y después de amagar durante un tiempo– se murió Tomás Eloy Martínez y aunque –como a otros y otras testigos más pertinentes– me miren y pregunten, no me animo ni siento que me corresponda decir casi nada sin sentirme un impostor. Lo leí más de lo que lo traté. Lo conocí en los setenta pero lo traté poco, no fui (no supe ser, supongo) su amigo; compartimos lugares de trabajo, afectos, lecturas, fervores. Charlamos no más de media docena de veces, y la última –cálida charla–, con la ambigüedad y autocomplacencia placentera que tienen las entrevistas públicas, eso de la inevitable representación. Quiero decir: me quedé con las ganas de más, con Tomás. Culpa mía. “En este mes pasado, viejito y en Morón, se murió el negro Luis Federico Thompson, el mejor boxeador que vi. No he ido mucho al boxeo, pero en la segunda mitad de los sesenta, en Mar del Plata –yo tenía doce, trece años–, muchachos mayores me llevaron durante un tiempo al Estadio Bristol de la avenida Luro. En esa época y en esa zona proliferaban los medianos –el ‘Cacique’ Selpa, Sacco (padre), ‘Tito’ Yanni y Cuevas se alternaban en la cartelera– y el Bristol era una buena plaza para que los campeones y los mejores del Luna vinieran a hacerse unos pesos en el interior. Los vi a todos. Al obstinado Martiniano Pereyra, a Jorge Fernández noquear con un gancho al hígado al cordobés Salinas, y al imperturbable Negro Thompson ganarle sin despeinarse, casi sin sacar golpes, a Juan Carlos Juncos. Un lujo, el Negro. Me deslumbró la elegancia, los brazos largos, la aparente apatía de ese león negro y entredormido que de pronto se despertaba para sacar un par de guantazos necesarios y ganar el round, poner las cosas en su lugar. Thompson boxeaba como jugaba al fútbol otro Federico, Sacchi, ‘de galera y de bastón’. Pero lo que me gusta pensar, en el caso del Negro Thompson, no son sus momentos de gloria absoluta: la noche que noqueó al campeón Don Jordan en el Luna o la batalla que perdió –con el labio partido y ahí, por puntos– con el pobrecito de Benny Kid Paret por el título en el sesenta. No sólo eso, quiero decir. Me gusta pensar en el primer Luis Federico, el negrito flaco recién llegado de Panamá, que subió al ring del Luna en el invierno helado del ’52 y terminó noqueado –se tiró, exhausto– ante el ‘Mono’ Gatica. Me gusta pensarlo, no sin melancolía, porque con la muerte de Thompson, un grande, se murió uno de los últimos testigos de la furia del ‘Mono’ que cantó y contó con tinta sangre Favio. “El mejor libro de Tomás fue –somos muchos los que creemos eso– el extraordinario ‘Lugar común la muerte’. Sabia, prolijamente, un Martínez en su apogeo –periodista y escritor en tensión extrema y saludable– contó de primera o de segunda mano los últimos días de gente memorable. Yo siempre recuerdo las postrimerías de Felisberto, de Martínez Estrada, de Saint- John Perse, de Macedonio, la que agregó en ediciones posteriores, de Pepe Bianco. Hay probablemente quien puede contar ahora estos últimos días, meses o años del propio Tomás, conjeturar o dar cuenta de cómo se fue y de qué se fue al irse él. No hay duda de que el mundo, enriquecido por él con la memoria de los otros, ha quedado algo más pobre al llevarse, consigo, su propia memoria. “Así, podemos pensar, sin violentar ni la lógica ni los afectos, que con Tomás –famosamente– desaparecieron del todo ciertas voces puntuales de la gente de Trelew, las inflexiones del penúltimo Perón, rumores del ominoso López Rega, pero también personajes, confidencias, recuerdos y escenas de más de medio siglo de la historia intelectual de este país. Estuvo ahí, hasta hace unos días. No sabemos –nadie sabe– qué es lo que supo o vio para que ya fuera suficiente”.
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