Rodolfo Braceli | Columnista
León con Alas
22:20 | Me canto en la sensación térmica. Voy a permitirme elogiar en voz alta a alguien, en esta Argentina tan trabajada para la histeria y el aterramiento desde los medios ¿de comunicación?
Aquí a el calor se le suma la calor. Aquí al verano se lo recalienta con la “sensación térmica”. Aquí, con intencionalidad política o para tener más rating o tiraje, a las buenas noticias se las disimula. Todo el tiempo se abona la histeria y el aterramiento que desembocan en una frase destinada a cariar el sistema democrático: “Nunca se vio algo así. Esto no va más”. Como dice en noble castellano el viejo Serafín Siruela: “Me cago en la sensación térmica”. Para remontar esa insoportable sensación, elijo elogiar a un tipo como León Gieco. Y reanudo palabras que escribí sobre él. Del dicho al hecho, en estos pagos, ¡qué trecho! El trecho suele ser un abismo. Ese abismo se ha venido llenando con falta de vergüenza, desmemoria, mafia, impunidad, mano de obra desocupada muy ocupada, volteretas, traiciones. Por eso tenemos la derecha que tenemos y por eso tenemos la izquierda que no tenemos. Por eso los atorrantes se reciclan en sí mismos. Por eso el progresismo, disfrazado de seudoizquierda, se reduce a esquirlas de un conato de sueño. Así estamos. Ni mástiles quedaron. El promedio de nuestra sociedad aquí cacerolea sólo por motivos religiosos. ¿Religiosos? Sí, las cacerolas brotan sólo cuando les afectan la religión del bolsillo. Sin embargo, como sociedad todavía tenemos pulso. Y esto pasa hay hondos habitantes hacedores. Quiero demorarme, otra vez, en un artista popular genuino, en León Gieco. Un argentino, con perdón de resbalosa palabra, ejemplar. En mi libro Argentinos en la cornisa (1997) reuní una serie de “cornisas”, seres que en algún aspecto hicieron algo hasta las benditas “últimas consecuencias”. Elegí a Gieco como “cornisa de la solidaridad”. Pasan los años y sigue en ese sitio, reconocido por encuestas y distinciones. Y también “condecorado” por la difamación de esos que privatizaron hasta el aire de las plazas. Gieco encarna un caso asombroso porque hace lo que enarbola. Fanático de la coherencia, porfía para ser como lo que canta. A diferencia de tantos cantores ruidosos, acomodaticios, redentores módicos, para León, del dicho al hecho no hay un gran trecho: hay un puente que él construye incesantemente. Comparto un par de fragmentos del capítulo que le dediqué: “Había una vez un pibe demasiado apurado por hacerse hombre. En la mitad de cierta noche se desveló. Calor, mosquitos, el ronquido de su padre, la resignada respiración de su madre, todos allí, durmiendo en la misma pieza... Desvelado, se dio cuenta de que faltaban dos días para la Navidad. Pensó en el regalo: “Seguro, va a ser una camiseta o un par de medias”. Casi en voz alta el pibe decidió hacerse él mismo un regalo: el juego del Estanciero. Al otro día sacó la plata de su latita de ahorro, y se fue a comprarlo. Mientras le envolvían el juego miró de reojo una guitarra. Y la rozó con sus dedos. Volvió con el regalo y lo metió debajo de su cama. Todo llega y también la noche de la Navidad. Los cohetes, la sidra, la camiseta para el próximo invierno. Aprovechando el barullo, el pibe buscó su regalo de abajo de la cama y salió a mostrárselo al vecindario: “¡Miren lo que me regalaron mis viejos!” Esa noche el pibe no durmió. –León, ¿cuántos años tenías cuando te hiciste el regalo? –Ocho. O siete. Para entonces ya hacía un año que tenía dos trabajos: de seis a diez de la mañana repartía carne. Usaba una bicicleta de ésas con el canasto adelante; cómo me costaba pilotearla los días de lluvia. El otro trabajo era hacerle mandados y diligencias a una señora inválida.” En aquella charla de hace años, luego de observar, por derecha y por izquierda un panorama desolador, le dije a León: –Pese a todo, tu capacidad de soñar no amaina. –¿Cómo va a amainar si estoy vivo? No hay que ir muy lejos para empezar a ver cómo, uno a uno, se mueren por no comer y por viejas enfermedades de otros siglos mil, diez mil, veinte mil chicos, cada año. Y eso, aquí a la vuelta de la esquina, eh. Qué sé yo: entregarse me parece peor que suicidarse. –Las canciones, ¿servirán para algo? –Esto va para largo. Pero hay que darle y darle. ¿Cómo dejar de cantar, de hacer poesía? Yo siento que la vida es como un boomerang. Hay que dar sin calcular. Cuando das pensando en recibir, no hace falta ni que des. Siempre pienso que puedo desprenderme de todo, pero por favor, que no me maten. Y agrego una frase que estoy afanando de una canción mía: “El amor es tenaz y vuelve a salir, como el sol”. Posdata ¿De cuántos artistas se puede decir que están a la altura de lo que enarbolan? ¿Cuántos hacen un esfuerzo, hondo y sostenido, por acortar el trecho que hay entre el dicho y el hecho? ¿Será que el dicho es la simulación del hecho? ¿Cuántos minutos de cada día los dedicamos a ser lo que decimos? ¿Cómo sería este mundo si entre el dicho y el hecho hubiera, al menos, la preocupación de una reducción del trecho? ¿No será esta la más atrevida, la más corajuda, la más difícil de las revoluciones? A propósito: ¿Vimos “Mundo Alas”, la película de Gieco? ¿Vimos esos músicos, cantantes, bailarines y pintores, esos presuntos discapacitados? Dejémonos de joder con la sensación térmica y pensemos un poco: “Mundo Alas”, ese proyecto luminoso de León Gieco, es una fiesta contagiante y no se queda en la beneficencia. A los que (presuntamente) no somos discapacitados, nos enseña a superar la peor de las discapacidades, la de la indiferencia. Vivir es algo más que hacer la digestión.
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