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Mendoza, Argentina
Martes 9 de Marzo de 2010
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Emilio Vera Da Souza Columnista

Profundidad

Todo el mundo sabe que en los lugares públicos con distintos niveles y de mucha concentración de personas, suele haber lo que conocemos como “escaleras mecánicas”.

Todo el mundo sabe que en los lugares públicos
con distintos niveles y de mucha concentración de
personas, suele haber lo que conocemos como
“escaleras mecánicas”.
Los peldaños o escalones son metálicos y con unas
ranuras como dentadas, que encajan perfectamente
unas con otras, de tal manera que con el movimiento
siempre permanecen encastrados sin que se corran de
su guía. Son como eslabones de una cadena que se
mete en el piso rítmicamente. Sin parar.
Para felicidad de los paseantes las escaleras mecánicas
no se cansan. No, señores y señoras. Justamente
están diseñadas para que nosotros, los usuarios de semejante
artefacto, subamos y bajemos según nuestra
conveniencia, pero sin hacer esfuerzo físico alguno.
Las que ponen el esfuerzo son las escaleras, que aunque
nunca descansan, nunca se cansan.
Luego de una larga y meticulosa recopilación de datos,
entrenados y detectivescos profesionales dedicados al
mejor oficio del mundo pusieron manos a la obra. El
equipo, compuesto solamente por un redactor, una espeleóloga
y un dibujante, se metió en el inframundo de
las escaleras mecánicas e intentaron comprobar lo que
antes era sólo una hipótesis aventurada.
El mito urbano de que cada tanto algún señor ve morir
a su perro caniche entre los escalones dentados y afilados
de las escaleras en movimiento, despertaba aun
más nuestra curiosidad.
Querían saber lo que realmente ocurre en este ir y venir
de personas y entrepisos. De arribas y abajos. De movimientos
sin tregua. De reprimendas a los niños porque
con eso no se juega. De miradas de adultos tratando
de ver más allá de las breves minifaldas.
La hipótesis planteada era si efectivamente existen las
“escaleras mecánicas”. Queríamos saber, luego de haber
realizado pormenorizados análisis y observaciones
empíricas si hay una, y sólo una, “escalera mecánica”.
Una gran “escalera mecánica” de varios kilómetros,
que entra y sale en el piso de todos los supermercados
y shoppings del mundo entero. Una gigante serpiente
mecánica que se sumerge en los incontables y chatos
tajos que penetran los suelos de este agujereado mundo
moderno. Una lombriz metálica que se alimenta del
movimiento perpetuo que tanto desveló a los buscadores
de imposibles, luego de que los alquimistas perdieran
el sentido al darse cuenta de que la piedra filosofal
y la transmutación de los metales era sólo una
ilusión desmentida por el avance de los métodos de la
ciencia moderna.
Durante la investigación, por los subsuelos de tantos
pisos, corrimos riesgos de todo tipo. Por momentos a
oscuras, por momentos a escondidas. Sin más herramientas
que unas libretas para apuntes y bocetos y biromes
y lápices de mina blanda. Sin que los guardias
de las empresas de seguridad de los centros comerciales
nos pudieran detectar. Ignorando a qué peligros
desconocidos nos enfrentábamos, seguimos la pista
de esas barandas gomosas y flexibles que siempre
acompañan a la escalera y no nos equivocábamos.
Cientos de peldaños con ranuras de espanto encajaban
unos con otros, y luego de permanecer en las entrañas
de la tierra volvían a salir en otro lugar para nuevamente
meterse en otro espacio. Y así, interminablemente
trasladaban a inocentes consumidores por los pisos de
todas las tiendas del mundo.
Todo esto enmarcado en una gran conspiración global
de la que nadie habla pero que suponemos que financian
a los grandes poderes occidentales, las campañas
presidenciales y algunos conglomerados multinacionales.
Esta comprobación “in situ” también nos permitiría entender
la desaparición y quiebra de algunas corporaciones
enemigas de la poderosa escalera mecánica:
por un lado los fabricantes de ascensores, que aún insisten
y son necesarios en la medida en que hay abundancia
de edificios, aunque el viaje en transporte vertical
es de una aburrición supina frente al entretenido y
sociable paseo en escalera mecánica.
Y por otro lado, los talleres de zapateros remendones,
que estos sí ya dejaron de existir, salvo por algunos valientes
que resisten, con carteles casi invisibles que indican
“Media suela y taco. Taller al paso” en algunos
garajes de barrios suburbanos.
La cosa está por allí. En el lenguaje económico financiero,
en la actividad política y hasta las artes plásticas,
que están atravesadas por un poder oscuro y conspirativo,
con vaivenes de ocultos fines estratégicos.
La suba del dólar, la caída de la bolsa, el alza de precios,
las superestructuras, el vigía de Occidente, las
várices, los caramelos media hora, las canchas de golf,
las torres de petróleo, los trenes subterráneos, la cordillera
de los Andes, las catacumbas y el obelisco. Todo
lo que sube. Todo lo que baja. Todo lo que sube y baja.
El equipo de investigación no pudo arribar a una conclusión
contundente. Cientos de vigiladores atentos, de
cámaras de video discretas, de ojos que todo lo ven,
impidieron concluir la tarea, pero sí pudimos ver los
artificios posibles para ocultar la verdadera realidad
que entra y sale del planeta sin solución de continuidad.
Sin prisa pero sin pausa. Entre sótanos y cimientos.
Entre honduras infernales y salidas artificiales. Entre
altos y bajos. Entre esbeltas y profundas.
Eternamente transportando personas a comprar. A
gastar sus ingresos, transferir sus ahorros, a tramitar
más créditos.
Arriba y abajo, bajando y subiendo, sin parar, sin fin.

Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

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