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Mendoza, Argentina
Viernes 12 de Marzo de 2010
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Roberto Follari Columnista

El golpe blando

También desde el Ecuador se conoce la receta: el golpe blando está en marcha en diferentes sitios de América Latina.

En
Honduras, se hizo reemplazando al presidente
por un vicepresidente que se le oponía; en Venezuela
se apuesta a la movilización de masas
orientada por la derecha ideológica. Está claro
que los golpes son sólo contra gobiernos que
han ido contra el statu quo. Por supuesto, no
hay ningún peligro de desestabilización contra
Alan García en Perú o Uribe en Colombia: los
gobiernos aliados de Estados Unidos no reciben
golpes de Estado.
Ya no funciona el golpe tradicional, brutal, ultrarrepresivo
y con las fuerzas armadas gobernando.
Ahora hay que hacer golpes que parezcan
institucionales, que simulen no degradar la
legalidad democrática. De tal manera, los golpes
se hacen ahora en nombre de las virtudes
republicanas. Y si bien en parte siempre se lo
ha dicho así, ahora se quiere además aparentar
continuidad en el funcionamiento de los
gobiernos, y presentar el golpe como un pequeño
accidente sin mayor importancia.
Así se hizo en Honduras, y el resultado les fue
exitoso. Es cierto que el gobierno surgido de
elecciones irregulares no tiene mayor respaldo
internacional, pero le bastará el de Estados
Unidos para sostenerse. En Venezuela, el año
2002 se secuestró al presidente y se intentó
poner en su lugar a un civil representante del
gran empresariado; es decir, se trató de ocultar
que ello fuera un golpe de Estado. Sólo la
enorme movilización popular impidió que los
captores pudieran legalizar su tropelía, y lograran
presentarla como una “restauración de las
instituciones”.
El golpe blando apela a campañas mediáticas
permanentes e incisivas, acompañadas de una
interminable prédica contra los gobiernos que
sostengan –siquiera en parte– intereses que se
opongan a los del imperio y del gran empresariado.
Esa prédica repite inacabablemente que
esos gobiernos de base popular serían “autoritarios”,
“antidemocráticos”, “hegemonistas”,
“conflictivos”, y oponen a ellos una supuesta y
jamás demostrada defensa de las instituciones.
Lo institucional es algo que no paran de
propalar, aun cuando lo hagan para liquidar a
la institución presidencial. En Ecuador no
cuesta advertir que esto es moneda corriente
por vía del continuo ataque al presidente Correa,
y por cierto que se lo ve también en no
pocos sitios del subcontinente.
En Haití se ha inaugurado una nueva estrategia:
la ocupación militar legitimada por razones
humanitarias. Tan humanitario se muestra
Estados Unidos, que no atiende a los heridos y
enfermos que llegan a su territorio tras el desgraciado
terremoto haitiano, hasta que esté
claro que ellos podrán pagar su tratamiento.
Es decir, que si no pagan podrían morirse. Pero
no importa: el apoyo humanitario es el pretexto
para ocupar Haití con miles de soldados,
forzando además la dirección de las fuerzas
multinacionales de paz, que están al mando
del Brasil.
En Paraguay, también la fórmula fácil: tratar de
echar al presidente para dejar en el cargo a un
vicepresidente desleal a su línea de trabajo. Es
cierto que Lugo llegó con un “partido prestado”
al que responde su vicepresidente; también
lo es que ese partido, sin Lugo, difícilmente
hubiera ganado las elecciones. En cualquier
caso, el ataque a la investidura presidencial
es inadmisible.
La idea de dar un golpe disimulado dejando al
vicepresidente a cargo se deslizó también en la
Argentina de Alfonsín. Un presidente que, como
Alfonsín padre, discutiera con la Sociedad
Rural, con las Fuerzas Armadas, con los sindicalistas
gordos, con la Iglesia, no les resultaba
demasiado aceptable. Era un presidente al que
se lo tomaba por conflictivo, que se enfrentaba
desde el Ejecutivo con otros espacios institucionales.
Para atacarlo, los viejos factores de
poder urdieron el apoyo al vicepresidente Víctor
Martínez; es algo que se rumoreaba en voz
baja, pero que en los círculos políticos todo el
mundo conocía muy bien.
Martínez era un político opaco, y afortunadamente
la aventura golpista –que buscaba terminar
con los juicios por derechos humanos–
no prosperó. Curiosamente, en estos días reapareció
el olvidado ex vicepresidente, para expresar
su apoyo a quien hoy ocupa ese lugar.
Ojalá no sea augurio de golpe blando en Argentina.
Tenemos mejores cosas de qué ocuparnos,
y la democracia nos ha costado demasiado
como para tirarla por la ventana.

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