Raúl Silanes Columnista |
Generaciones
Entre los debates pendientes de nuestra
sociedad, últimamente hay uno que
nadie menciona, aunque está “levantando
vuelo”, y es el referido a la llamada
“justicia intergeneracional”.
Dicho de otra manera y con cierta pregunta: ¿quiénes tienen más derecho, nosotros o nuestros hijos? ¿Padres o hijos? En ambos casos se establece una complicidad del nosotros a costa de un tercero: el de afuera de “nosotros”, quien viene “después”, ese al que no le toca el “hoy”, como si sólo los padres estuvieran vivos, y los hijos debieran esperar. Ni hablar de los nietos. Esto constituye una especie de dominación de la generación actual sobre las futuras. Se ha invertido aquel asombro maravilloso del filósofo Kant, al observar cómo las generaciones anteriores trabajaban penosamente, haciendo enormes sacrificios, por las generaciones ulteriores. ¿Se acuerdan de nuestros abuelos inmigrantes? Trabajaron para que nosotros fuéramos mejor que ellos, en todo sentido, pero también en cuanto a ser mejores padres que ellos, y sobre todo mejores que sus propios padres. Hoy reina lo contrario: con nuestra absolutización del tiempo presente, las generaciones futuras trabajan de manera involuntaria a nuestro favor, a costa de su retraso y su marginación. Haciendo esto, los actuales padres estamos ejerciendo una influencia nefasta sobre el futuro (cabe entender esta actitud como una rapiña del futuro). Hay en semejante actitud una especie de impunidad, un consumo irresponsable del tiempo, una expropiación del futuro de nuestros hijos. Somos ocupantes ilegales, por decirlo con claridad, del futuro de nuestros hijos: el futuro es como una casa, que no está a nuestro nombre, y la hemos usurpado, afectando a sus legítimos dueños. Hay muchos conceptos vertidos, pero más que nada prácticas terribles, y las debemos revisar. Este enlazamiento temporal y espacial es un verdadero nudo de condicionamientos, que reclama ampliar precisamente el horizonte. Debemos dejar de considerar el futuro como el basurero del presente, como un lugar donde se desplazan los problemas no resueltos, y así se alivia el presente. En tal sentido, la justicia intergeneracional marca la necesidad de constituir un conjunto de reflexiones, vinculadas a la edad, para evitar que una generación se imponga sobre otra, o viva a costa de ella. Fíjense que la mayor parte de las decisiones políticas adoptadas hoy tienen un tremendo impacto sobre las generaciones futuras (presupuesto de salud, educación, etc.). Ningún dirigente considera los posibles escenarios futuros. ¿Es moralmente aceptable transmitir a las generaciones futuras la deuda pública creciente, un sistema de jubilación cada día más insostenible, una educación imposible, una seguridad pública de pesadilla, residuos tóxicos de todo tipo, medio ambiente degradado…? La dirigencia debería sacar un poco la cabeza (en realidad, no parecen tenerla, tampoco, por los resultados) de las urgencias cotidianas, para examinar con verdaderos criterios de justicia, las transferencias idiotas desde nuestra generación a las otras más jóvenes, la herencia y la memoria que les dejamos, pero sobre todo las expectativas y posibilidades entregadas a las nuevas generaciones, en términos de capital ambiental, educativo, tecnológico, sanitario, institucional, etc. La interdependencia de las generaciones exige un nuevo modelo social. La cuestión de la responsabilidad frente a las generaciones futuras debería estar en el centro de una “ética del futuro”. Y el tema no es dar libertad total a las generaciones futuras, sino tomar decisiones hoy, para que ellos tengan después la libertad de elegir.
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