Roberto Suarez Columnista |
Diálogo
Ha sido muy larga y muy trágica la historia de desencuentros que hemos padecido los argentinos. Divisiones en el campo civil, ineptitud en las dirigencias, irresponsabilidad –a veces– en quienes alcanzaron el honor de conducir las instituciones fundamentales de la República, que nos condujeron hacia caminos que jamás debimos haber aceptado.
Esa honda crisis moral en la que entró varias veces el país y que nos alcanzó a todos, impuso una larga secuencia de desaciertos, proyectos truncos y esperanzas rotas. Por no saber dar respuestas en esos momentos del pasado fuimos embarcados en experiencias de odio y terror que llevaron la agresión y la violencia hasta el paroxismo. Hace más seis años estamos construyendo desde los escombros de la última gran crisis nacional los cimientos de una Argentina moderna. No debe haber más espacio para aquel pasado de desencuentros. Ya transitamos más de 25 años consecutivos de democracia por primera vez en nuestra historia constitucional. Es un hecho histórico, no podemos retroceder. Este sistema político permite la confrontación de ideas y al ejercicio del disenso en el marco de la libertad. En eso consiste la política enmarcada en los límites éticos de la democracia. Pero no puede confundirse un sistema que abarca la convivencia de posiciones disímiles imprescindibles en toda democracia, con antinomias irreductibles que pueden conducir al enfrentamiento permanente. Hoy más que nunca, ante un nuevo mapa político producto de las elecciones del domingo, es necesario el diálogo amplio entre las partes involucradas. Se votó mayormente en el país en contra de una forma de conducir la Nación. Fue una elección limpia, clara, transparente, donde la democracia se fortaleció, sigue avanzando, con muchas dificultades y cuestiones que resolver a favor de los que menos tienen en el país. Cristina Fernández sigue siendo la presidenta y debe serlo hasta el 2011. Tendrá que contemplar cambios en su gabinete; esto le otorgará espacio y tiempo para desarrollar una estrategia de éxito en los dos años y cuatro meses que le quedan de mandato. Y tendrá, también, que reflotar el viejo y nunca concretado anuncio de la convocatoria del Consejo Económico y Social. Pero una sociedad democrática no existe sin diálogo, que hace posibles los disensos pero también, y de manera sobresaliente, los acuerdos y consensos. Por eso es necesario también un aporte constructivo de la oposición; debe tener una actitud responsable haciéndose cargo de su parte en la gobernabilidad. Esa convivencia entre Gobierno y oposición necesita que las actitudes cooperativas predominen sobre las conflictivas. Hay que evitar los compartimientos estancos. La intolerancia, la violencia, la compartimentación de la sociedad, la concepción del orden como imposición y del conflicto como perturbación antinatural del orden, la falta de disposición para escuchar al otro, para dialogar y llegar a las soluciones, son maneras de ser y pensar que deben ser cambiadas, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. En la Argentina la intransigencia, más allá de la necesaria para preservar principios, fue considerada una virtud, donde la expresión “no transar” se multiplicó en lemas de los más variados signos, y donde negociar era considerado una traición o una claudicación indecorosa. Pudo ser válido y encomiable cuando nos enfrentamos con regímenes ilegítimos, no puede serlo cuando existe un régimen democrático. Rescatar la importancia del diálogo debe ser el saldo de la lectura del domingo y así avanzar hacia una república democrática sin altibajos, con inclusión social y fortalecimiento de las instituciones de la Nación.
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