Raúl Silanes Columnista |
Brodsky
El exilio suele ser torcido: puede resultar bendición primero y maldición después. Joseph Brodsky es un ejemplo. La ironía de su exilio fue pasar de poeta de la resistencia rusa a poeta del establishment norteamericano (laureado con el Premio Nobel en 1987).
Opuestamente a su amado Ovidio, Brodsky no termina en tierra de bárbaros, sino en el supuesto “reino de la democracia”. Pero la poesía en el reino de la democracia norteamericana de entonces es una actividad arcaica y fútil, innecesaria, inútil, propia de personas que no saben dónde viven. “El poder domina el arte de la destrucción de los ciudadanos, y un hombre con una pluma en la mano no puede remediar esa situación”, escribió Brodsky en 1985. Para entonces, él era una persona suficientemente madura, para saber qué cosas un poeta puede hacer posible. En otras palabras, ya sabía distinguir no sólo lo que el tiempo le hace al hombre, sino también lo que el lenguaje es capaz de hacerle al tiempo. En el marco del capitalismo norteamericano, de ser un poeta innovador Brodsky para a ser un cauteloso conservador, autor de una poesía nostálgica que lo transporta permanentemente a un pasado no vivido en su adorada “ciudad Penélope”, Venecia (algo que irritaba a sus colegas poetas). La nostalgia de Brodsky termina en el cementerio: aunque murió en Nueva York, el poeta fue enterrado, no en su ciudad natal San Petersburgo, sino en la ciudad de Marco Polo y Calvino, no lejos de otro poeta exiliado fascista norteamericano como Ezra Pound, aunque más cerca de un compatriota (también exiliado) como Stravinsky. La viuda de Brodsky armó un enorme escándalo, cuando se dio cuenta de que la tumba de Brodsky iba a compartir un lote colindante con la tumba de Pound. Entonces lo enterraron cerca de Stravinsky. Este extraordinario poeta resulta un buen antídoto contra la tentación de otorgarle un aura mística a algunas de las ideas que en nuestro tiempo han gozado de buena salud: cambiar el mundo, alcanzar el éxito, ser consejero del poder, etc. Su propuesta no es más sencilla ni menos comprometedora, más allá de que la compartamos o no en toda su dimensión. Para él, una obra de arte está destinada a sobrevivir a su creador, porque la memoria es a su manera el reflejo de la realidad, haciendo que resulte irresistible desear otra historia, o al menos animarla a cambiar, incluso con palabras. Es fácil caer en la tentación de pensar que si nuestra historia hubiera sido otra, nuestra literatura bien podría haber comenzado a elevarse por encima del provincialismo estilístico que suele imperar. Pero esto nunca lo sabremos: nuestra historia contemporánea, literariamente, nace con “Facundo” y con “El matadero”, lo que nos dice mucho de cómo somos. Porque la operación más profunda y menos visible del autoritarismo consistió en intentar reducirnos a la más absoluta mediocridad, aislándonos entre nosotros, con un bien alimentado sentimiento de inferioridad. Muchas de las palabras de Brodsky pueden enseñarnos algún camino: “Leer es uno de los pocos medios disponibles para sentirse decente”. En esta perenne guerra contra el tiempo, la imagen de un hombre leyendo no es una imagen de indefensión sino de coraje, porque debemos ser capaces de enfrentar, burlar –y eventualmente vencer– la soledad más atroz, al poder más vergonzoso o a la sociedad más indiferente. En su “Epitafio para un centauro”, publicado el año de su muerte, Brodsky resume las paradojas que acompañaron su vida: un ser que debió representar el papel de intransigente, pero que también aprendió a comprobar su propia cordura, y murió porque a fin de cuentas, “su parte animal resultó ser menos duradera que su humanidad”. Este poeta enterrado en Venecia también escribió: “La libertad comienza cuando no recordamos entero el nombre del tirano”.
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