Sergio Levinsky | Columnista
España debe aprender la lección de Brasil
22:13 | La fabulosa maquinaria de la industria de la comunicación española hizo mucho para que su gente se auto engañara demasiado pronto creyéndose que su selección ya podía equipararse a la de Brasil, o Argentina.
De repente, de un derrotismo de décadas, en las que “la roja” no pasaba jamás de los cuartos de final de cualquier torneo, el éxito no del todo esperado en la pasada Eurocopa de 2008 en Austria y Suiza cambió el chip y la euforia se apoderó del ambiente. Y en tiempos provenientes de una bonanza económica que comienza a acabarse, con una mirada de nuevos ricos, los españoles futboleros pensaron que también en esta disciplina había llegado su momento. No fue difícil confundir entonces el tremendo poderío de su Liga, segunda en el mundo detrás de la Premier League inglesa, con estrellas reconocidas y seguidas en todo el planeta, con un equipo nacional que ahora sí respeta un estilo de juego a ras del suelo y con jugadores que ahora son requeridos en los principales mercados y que cotizan en alza, con selecciones como la brasileña, sinónimo mismo del fútbol y ganadora si la hay en la historia del balompié. Rápidamente pudo leerse o escucharse que “la final soñada” de la Copa Confederaciones de Sudáfrica era la de Brasil y España. La prensa española descubría, por fin, un torneo que ya lleva varias ediciones y que reúne cada cuatro años a los campeones de cada continente, sumados al local y al campeón mundial, y al que llamaron ahora pomposamente “Premundial”. Sucede que antes, España jamás había llegado a participar. Brasil, por contrario, con un equipo lleno de estrellas (Kaká, Robinho, Lucio, Julio César, Luis Fabiano, entre otras), llegaba al torneo con algunos debates sobre su juego, algo conservador para el gusto de quienes están acostumbrados al paladar negro, y que recién se habían acercado al “scratch” por los recientes buenos resultados en las Eliminatorias, que lo depositan casi ya en el Mundial del año que viene. Y España no pudo conseguir su objetivo siquiera de llegar a la final, aún habiendo pasado un grupo demasiado fácil porque la organización encontró, por esos misterios de los sorteos que siempre benefician a los locales, un modo de que Sudáfrica entrara al menos en semifinales, y para eso el grupo quedó conformado además con Irak (campeón de Asia) y Nueva Zelanda (campeón de Oceanía). Brasil tuvo que bailar con la más fea, todo sea por los beneficios del sistema, y no sólo debió sortear un grupo con Estados Unidos, o Italia (campeona del mundo) sino hasta con Egipto (campeón de Africa), que le plantó cara y estuvo a un minuto de empatarle. Pero España es España y Brasil es Brasil. Y España salió a jugar la semifinal ante Estados Unidos pensando en Brasil, y cayó inesperadamente 2-0, mientras que Brasil salió a ganar su partido, y aunque se complicó contra los locales, terminó imponiendo su calidad. Y luego revirtió un resultado difícil contra Estados Unidos en la final, y ganó merecidamente, por su propio peso, la tercera Copa de su historia, y la segunda consecutiva. Para España, esta derrota es fundacional. De cómo la interprete dependerá buena parte de su futuro. Cuenta con un plantel de mucha jerarquía, con jugadores que nunca tuvo en esta cantidad, pero si sigue creyéndose la mejor, por algunos buenos resultados por una agraciada racha de treinta y cinco partidos sin perder, aunque sin haber enfrentado a casi ninguna potencia, puede que le termine pasando lo que a la Colombia de Francisco Pacho Maturana entre 1993 y 1994, cuando se zambulló en el almíbar del 0-5 a la selección argentina y en el Mundial de 1994 quedó sepultada en la primera fase, para volver ahora a ser la que fue. Si el entrenador español Vicente Del Bosque es inteligente, sabrá tomar para sí las señales de la Copa Confederaciones: tiene un buen equipo, con muy buen potencial, pero no más que eso. No es Brasil, ni es Argentina. Estos dos países, a los que no enfrentó aún en serio, tienen demasiado ganado en sus espaldas y sacan la chapa cuando es necesario. España no tiene esta historia y tiene mucho camino por recorrer. A menos que ante el espejo se vea perfecta. Eso no le augura demasiada suerte.
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